martes, 14 de julio de 2026

DISPUTAR UNA FINAL



Nada de lo que hacemos 

es una siembra que brote después de nosotros.

Hilde Domin

Regino ha muerto. No puedo afirmar que lo escuchara así de claro, con estas palabras, a veces las noticias se transmiten con expresiones y sobrentendidos. Además, yo era un niño entonces y nadie pronunciaba según qué cosas delante de un niño. Iba y venía de la escuela por el mismo camino a diario y al menos cuatro veces pasaba delante de su casa. Sin saberlo, claro, la suya no era nada más que una vivienda más en un recorrido que conocía tan bien como ignoraba a sus pobladores. No solo por quién habitara en cada morada, sino sobre todo qué significaba el hecho de que hubiera personas viviendo en aquel lugar y no en cualquier otro.

         Regino era el único nombre propio que conocía. Me cuesta evocarlo, porque no sé si recuerdo lo que en realidad ocurría o lo que me he ido contando a mí mismo desde entonces cuando no quería olvidarlo. De hecho, tener un nombre como punto de partida ya es hacerlo con un pie en tierra. Pero el otro pie, lo cierto es que no sé dónde está, si en el aire o enterrado. Regino vivía solo, creí siempre. Era un hombre atildado. Salía a la calle como quien va a un bautizo. O a una primera comunión. No digo a una boda, porque a las bodas va la gente disfrazada. Él solo iba de domingo, aunque fuera martes. Era delgado y hablaba sin acento, como los maestros que venían de fuera del pueblo a dar clase. Se sentaba en un banco de la plaza donde nosotros, la pandilla, íbamos de vez en cuando a jugar al escondite.

         Que acabáramos tropezando con él era de cajón. Por más vueltas que le dé, sin embargo, no consigo determinar cómo ocurrió el encuentro. Solo me recuerdo, en muchas ocasiones, sentado en el suelo, con mis compañeros, todos alrededor de Regino, el único que ocupaba el banco de la plaza. Nos hablaba desde una tribuna. No digo desde una tarima a propósito, porque los maestros se subían a una en cada clase y desde allí hablaban, como Regino, pero no contaban las mismas cosas ni tenían para nosotros el mismo interés. Con el tiempo, cuando se hizo común ver la televisión en casa y no solo en el Casino, descubrí lo que era dar un discurso desde la tribuna de las Cortes y pensé que ese exactamente era el lugar desde el que nos hablaba Regino. Sobre todo, porque aquella era la manera de explicarse, como quien da un discurso a la nación. Los maestros se quedaban en monaguillos al lado del obispo.

         Le escuchábamos encandilados. Cada frase nos abría un universo. Cada incógnita nuestra se convertía en una lección que lo aclaraba todo. Incluso cuando desconocía la respuesta a nuestras inquietudes, aprendíamos cómo buscarlas por nosotros mismos a imagen de cómo él le daba vueltas a los asuntos hasta que descubría el hilo que le conducía hasta lo que ocultaban. Se nos pasaba por alto celebrar el partidillo diario en el descampado que había detrás de la plaza, y que hoy es un supermercado y un aparcamiento. Si algo le podíamos recriminar ahora a Regino era eso, que truncó la carrera de futuros futbolistas que teníamos todos en mente. Ya no nos importaba ser los que metíamos más goles del colegio. Y mucho menos los que meteríamos cuando fuéramos profesionales. De eso nos olvidamos en cuanto le conocimos y pasó a compartir sus inquietudes con los chiquillos de pueblo que éramos.

         Unos días nos hablaba del cielo. Donde, si mirábamos, éramos incapaces de ver nada en concreto, nubes a lo sumo, Regino nos explicaba lo que se sabía entonces del universo, de las galaxias, del sistema solar y nos enseñó a distinguir con sus nombres, que he olvidado ya, cada uno de los tipos de nubes y la razón de su forma. Otras tardes, recitaba versos de memoria. Le preguntábamos si eran suyos, de lo hermosos que nos parecían, y se reía. Nunca supimos qué significaba esa sonrisa. El caso es que nombraba a los autores, y autoras también, de los poemas, después de decirnos su título, y como ninguno nos sonaba de nada, barruntábamos que lo hacía por no darse méritos, pero los había escrito él. Porque aquellos recitales que hacía de memoria, de repente, hablaban de la vida en el pueblo, describían sus campos, las veredas y desvelaban, o eso nos parecía, el pensamiento de los paisanos. Incluso los nuestros más secretos.

         Bastaba con verle aparecer por la plaza para que en el baldío se acabara el partidillo. Corríamos a sentarnos alrededor del banco donde se sentaba. Como si fuéramos su clase, pero no como nuestra clase, que no callábamos ni con la cabeza sumergida en un barreño, como solía decirnos el maestro, sino otra clase ideal, de niños ideales a los que les gustara aprender cosas. Que no éramos en absoluto nosotros, pero que nos transformábamos en ese milagro, como hubiera reconocido, si nos hubiera visto, el maestro de las mañanas. La clase de la plaza empezaba por nuestras preguntas. La primera, cada tarde, era: ¿está casado? ¿Tiene hijos? ¿Cómo se llama su madre? ¿A qué colegio ha ido? El Piernas hasta le preguntó cómo se ganaba la vida para vivir en una casa tan buena. Solo después de escucharnos, porque nuestra energía nos impedía callarnos después de formular la pregunta, y a continuación la respondíamos nosotros tras la coletilla de «pues a nosotros nos parece que» y ahí nos inventábamos su vida sin que nunca se enfadara con las tonterías que se nos llegaron a ocurrir. Una vez reídos, esto lo decía Regino, vamos a los asuntos interesantes, y nos preguntaba: ¿sabéis por qué existen mareas en los océanos? Silencio absoluto. Solo el Piernas respondía: «No, pero nos gustaría saberlo».

         Regino ha muerto. No recuerdo mayor bofetada de la vida que esa frase que se la oí de refilón a un mayor. El caso es que no apareció nunca más por la plaza. En el descampado regresaron los campeonatos del mundo de fútbol. De vez en cuando, cansados y aburridos de nosotros mismos, nos sentábamos en el suelo alrededor de su banco, ahora vacío, y tratábamos de recordar alguna de sus lecciones. Pero acabábamos peleándonos. Unos decían que había dicho tal cosa, y la otra mitad había oído lo contrario. Al poco nos hartábamos y cada uno se iba a su casa con su propio recuerdo de Regino, cada día más borroso y más distante.

Por mi parte he mantenido todos estos años devoción por aquellas charlas. Incluso un día, al poco de jubilarme, me vestí con traje y corbata y fui a sentarme en la plaza, frente al supermercado. Ahora hay columpios y una fuente y una estatua muy fea que prefiero no mirar demasiado. Tenía la esperanza de que algún grupo de muchachos, de los que fuman a escondidas tras los setos, se me acercara y pudiera contarles algo de lo que he aprendido en una vida de profesional de la fontanería. Sé cosas sobre la electricidad, por ejemplo, que estoy seguro que encandilarían a un grupo de chavales. Pero no se acercó nadie. Insistí otras tardes, vestido del mismo modo, hasta que un día tres mozalbetes se me quedaron mirando, con curiosidad. Les sonreí. Se acercaron. Les dije que me llamaba Regino, aunque no fuera ese mi nombre. Se echaron a reír. «Regino —me dijo uno entre risotadas—, danos un cigarrillo». Les informé de que no fumaba y que eso tampoco era conveniente que lo hicieran ellos a su edad. Ahí estallaron los tres en una sonora carcajada y se dieron media vuelta para irse, pero antes uno espetó: «Entonces no sirves para nada». Y ya desde lejos, apostillaron su huida con un término que me dejó perplejo. Me llamaron: «Pervertido». Entonces pensé que por fin comprendía el significado verdadero de la frase que oí de niño a alguien que susurraba que Regino había muerto.  

martes, 30 de junio de 2026

LAS NARRACIONES


El enemigo más solapado es la actualidad

René Char

La primera vez que nos citamos para conversar en un café, solos, al poco de conocernos dentro del grupo excursionista del barrio, y aún sin ninguna perspectiva de noviazgo, al menos por mi parte, me lo contó. Nos sentamos en una mesa de mármol, redonda, más bien escasa, donde apenas existía espacio para las dos tazas vacías y las dos teteras con las infusiones que habíamos pedido. De la mía no me acuerdo, pero en la suya humeaba un té verde, una bebida que me pareció muy adecuada para la ocasión. Me temo que la mía fuera un poco más prosaica. Una manzanilla o un poleo, tal vez. La tarde, debió de ser en mayo o en junio, era ya capaz de estirarse casi lo que se le pidiera, en plena adolescencia del año climático. Se había puesto una camisa clara y la chaqueta de punto la había dejado sobre el respaldo de la silla, bien puesta. No consigo recordar, sin embargo, si aquel día elegí una falda o recurrí al pantalón de diario. Lo cierto es que hasta después de que me lo contara no había despertado en mí aquel chico ningún tipo de interés.

         No sabría decir desde qué momento fuimos novios. En las películas había visto que eso se pide e incluso se celebra la petición en el calendario. No es que lo esperara y me quedase esperándolo, en absoluto, me gustó ese ir construyendo la relación día a día. Y al vernos, presentir que el beso de la víspera daría un paso al frente, aunque ignoraba aún cuál sería. Esa incertidumbre dejaba sobre la pequeña hoguera encendida gruesos troncos de árbol seco. Así que, sin decírnoslo, un día ya éramos novios y caminábamos por la calle de la mano. Y los domingos por la tarde íbamos juntos a un tipo de local que desconocía. Lugares muy tranquilos, en calles laterales, donde nunca había entrado, claro, porque solo acudían parejas. Atendía un único camarero, que se manejaba con una pequeña linterna. La oscuridad era el ambiente más apreciado. Los sillones donde nos sentábamos se daban la espalda unos a otros y la música que sonaba era dulce y melancólica. Solo lentos, claro. Había una pequeña pista en el centro donde habitualmente no bailaba nadie. Y sobre ese vacío, una bola de espejos que reflejaba luces tan tenues que apenas conseguía iluminarse a sí misma. En aquella intimidad de dos personas solas en el tiempo y en la ciudad me contaba lo que le había ocurrido y todo lo que durante la semana se le había pasado por la cabeza. A veces eran nimiedades, pero por trivial que pareciera lo que me explicaba, nunca lo consideré menos significativo de la ilusionante navegación que había emprendido nuestro noviazgo. Lo que me explicaba, allí entre sombras y caricias, era el combustible que daba alas a nuestra aventura.

         De repente, me veo una tarde de domingo repantigada en el sofá. El televisor entretenido consigo mismo. La luz agarrándose a los visillos para no ser engullida por el torrente de las horas. Ya no hay excursiones, como al principio. Fue hacernos novios y abandonar aquellas conversaciones multitudinarias en círculo alrededor de una pequeña y humeante hoguera. Pero tampoco han sobrevivido las tardes en la cueva amorosa de escasa luz. Desde que hemos alquilado entre los dos este cuchitril, aquella intimidad pasó a los cajones de la memoria. Ahora nos aloja otra, menos ensimismada. La encauzan las pantallas de todo tipo. Y aquí en el sofá engullimos una serie, atiborrándonos a capítulos. Sobre la mesa baja, de cristal, se acumulan las cervezas que bebemos. Incluso algunas mías, aunque nunca he conseguido que me gusten. Los dos, en chándal. Y zapatillas. Los primeros días compartir la vestimenta de la vida cotidiana incluso me emocionaba. Ahora me agobia un poco, la verdad, esta ausencia de necesidad de arreglarse durante los fines de semana.

Conforme avanzan los meses, algunos nubarrones van cargando mi optimismo. Aunque me negara a verlos, primero, o cuando los vi, no supiera desentrañarlos. Cuanto hacemos en nuestro piso también es iniciativa mía y me gusta hacerlo. Me ha costado un tiempo averiguar qué ocurre en realidad. Tras la retahíla de episodios, me levanto y apago el televisor. Regreso al sofá. Está contento. Habla. No es una situación desagradable, en absoluto. No sé qué está contando. Pero siento cómo lo que sea de lo que hable me va empujando hacia mi interior, como quien busca introducir un plástico con múltiples dobleces por el cuello de una botella. Ahí dentro siento que me quedo y desde el interior le oigo seguir hablando. Que si lo que está pasando allá, que si lo que dijo, fíjate, el impresentable del ministro, que si el debate en el Parlamento, que si las elecciones no sé dónde, que el otro día a tres paradas de metro de aquí, que si saca un nuevo disco… como si una botella pudiera comunicarse con otra, atravieso sus cuellos, cada vez más estrechos y yo en ellos, cada vez más sorda y ciega. Con una sordera que no construye el silencio, sino el soliloquio inane de las noticias en las que ni suya ni mía descubro implicada ni siquiera una partícula de sentido. 

domingo, 14 de junio de 2026

CANCIÓN



Lo decapitará junto a los tulipanes

PAUL CELAN


En realidad, no sabría cómo explicarlo. Me había preocupado por cumplir con todos los requisitos del amante perfecto desde mucho antes de esperar conocerla. No, no es una ocurrencia. Desde jovencito me había preparado para amar a la que amare. Con las lecturas, en la edad en la que se descubre el mundo en los libros, cuando desechaba sin sombra de duda aquellas que daban de la vida una visión de carrusel, festiva y casual. No era lo que deseaba leer, pero no por gusto propio, que sin duda hubiera disfrutado más, sino por seguir su criterio, el de quien aún no existía. Me preparaba con los hábitos cotidianos, claro, al descartar amigos proclives a acabar el día en la noche, y la noche en la taberna. Hay licores que nunca he probado, no por mi antojo, que tal vez hubiera apreciado, sino por guardarle fidelidad a la embriaguez que solo quien fuera la fuente de mis delicias provocaría en mí.

         No concretaba el futuro que aguardaba, en absoluto. Que recuerde solo tenía un sueño, ser el primero en pronunciar su nombre y que el mío fuera la última palabra que acunara en sus labios al acabar el día. Sobre si eran finos o carnosos, nunca me había detenido a determinar una preferencia. Nada sabía sobre si sería alta o baja, ni sobre las particularidades de su constitución. Su voz me iba a provocar estremecimientos, pero no por un tono grave o agudo, sino por ser la voz de ella. Este era el criterio principal de mi espera. Confiaba en que, al verla, conocería con exactitud matemática mi modelo de belleza femenina. Y si me la imaginaba vestida, de hecho, siempre me la imaginaba vestida, aunque diera por supuesto que estaría a la altura para convivir también con su desnudez, no determinaba estilo, ni colores favoritos, ni preferencia alguna por este o aquel perfume. O quizá solo una. Creo que quisiera equipararla, entre todas las flores que admiro, con la hermosura simple y profunda de los tulipanes.

         Había convertido mi vida en un sacerdocio para una divinidad ausente. Un cubierto o cualquier mueble que se necesitara en casa, lo adquiría para dos, y así mismo se lo explicaba al comerciante: «Son dos, para mi prometida y para mí». Y si el comerciante era una persona sensible y nos felicitaba por esa promesa que nos unía, garantizaba trasladársela a mi amada.  El día en el que por fin la conociera. A diario, para ella, vigilaba mi higiene personal con rigor. Evitaba palabras soeces o incómodas ya en mi pensamiento. Cultivaba temas de conversación gratos y entretenidos, y procuraba estar informado de las vicisitudes de la época para poder responder con aplomo a cualquier cuestión que pudiera plantearme o la inquietase. Que no hubiera llegado aún a mi vida no era excusa para permitirme cualquier tipo de desatención u omisiones en mi condición de amante.

         Estaba convencido de que mi paciencia la reconocería nada más verla. De ahí que supiera desde hacía años que la señorita Ringe, mecanógrafa en el negociado del tercer piso, justo debajo del gabinete donde desempeño mi jornada laboral, no era, en absoluto, la candidata. Tampoco había tenido mucho contacto con ella. La cortesía de los saludos y alguna conversación, quizá, sobre algún asunto concreto de dimensiones exclusivamente administrativas. Es más, si tuviera que adscribirle una flor a la muchacha, pensaría en un clavel que crece en rústica maceta, lo más alejado que pudiera imaginarme de un ramo de tulipanes dentro de un jarrón de porcelana. Por eso me resultó extraño el exceso de familiaridad con el que me saludó en la feria anual cuando por casualidad coincidimos en la cola de una de las atracciones.

Recuerdo con precisión qué me movió esa tarde a querer subirme en aquel artilugio que subía y bajaba girando, una noria gigantesca. Pensé que algún día, cuando llegara a mi vida, ella me pediría que subiéramos y si yo no lo había probado antes, para saber que no me causaba excesivo miedo, ni me mareaba, ni alteraba mis nervios, en aquel supuesto momento, cuando llegara, no estaría seguro de responder con un aplomo convincente: «Claro, amada, subamos». Una duda hubiera resultado entonces catastrófica. El caso es que no pude evitar compartir la espera con la mecanógrafa del tercer piso, cuyo nombre de pila, si algún día lo supe, lo había olvidado por completo.  Y lo peor, tampoco logré zafarme cuando apareció el cangilón de noria vacío y el mozo que lo iba a cerrar por fuera, viendo mi indecisión, gritó: «Adelante, parejita, más agilidad, que nos vamos». 

Ascendimos, paso a paso, mientras las góndolas se iban llenando. La señorita Ringe no paraba de reír, como si todo lo que yo dijera, y procuraba hablar lo mínimo, le causara un divertimento infinito. Se movía inquieta. Miraba las vistas desde todas las posiciones, incluida la que estaba a nuestra espalda, de rodillas sobre el asiento que ocupaba a mi lado. No se abstenía de llamarme la atención sobre cualquier tontería que era capaz de reconocer desde la altura. Luego la noria empezó a girar y girar. A ascender hacia el cielo y a despeñarse, parecía, sobre las atracciones de alrededor. Ignoraba si algún poder maligno me había secuestrado o si me estaba mareando como en una borrachera. En ese punto de delirio interior. Y exterior, porque la señorita Ringe había decidido traducir en alaridos selváticos todas las sensaciones que experimentaba. En ese punto, decía, mientras alcanzábamos la cota más alta de la rotación, la noria se detuvo de repente, con una sacudida en la que difícilmente pudimos controlar los movimientos, y menos la señorita Ringe, quien temerariamente se había desabrochado el cinto que nos ataba al asiento y acabó aplastada sobre mi pecho y menos mal que mis brazos consiguieron sujetarla con fuerza contra mi cuerpo.  Yo no sé si fue un segundo o un milenio el tiempo que la noria necesitó para sosegarse del todo, pero nosotros no variamos la posición del abrazo ni un ápice. Bueno, tal vez un poco sí girásemos la cabeza, hasta hacer coincidir plenamente sus labios con los míos y entregarnos a un súbito, inesperado e inacabable beso. Cuando acabó, al tiempo en el que la noria emprendía, ahora lentamente, el regreso al punto de partida, se me ocurrió mirar hacia abajo y en el conjunto de asientos que revisé en un golpe de vista, todas las parejas continuaban haciendo lo que nosotros habíamos hecho hasta ese momento, así que devolví mis labios donde habían sido felices para aprovechar el disfrute de aquella atracción hasta el momento en el que oiríamos, «Vamos, parejita, se acabó lo que se daba, pero podéis seguir el viaje en el tren del terror, que está oscuro de la hostia». Aunque esa frase cortara de un tajo toda una vida de dedicación devota al amor. 


domingo, 31 de mayo de 2026

CUARTO EN PENUMBRA



o toca su propia sombra

para comprender que no es nada

Jennifer Clement 

El primer regalo de aniversario que me he hecho, nada más independizarme de la familia, ha sido un galán de noche. De madera barnizada color caoba y barras doradas. Cuando llego, siento que se queda ahí colgado el cansancio del día. Los pantalones los doblo por la línea de tiro para que las perneras caigan rectas, coloco la camisa bien estirada en la percha y encima, con mucho cuidado, la chaqueta del traje. En la bandeja, la cartera y el monedero. Se diría que reconstruyo con mi ropa una réplica de mí mismo, que se queda en silencio, cuando le doy la vuelta al disco y en chándal paso a ser mi cara B. ¿O seré en casa la cara A?

No suelo preguntármelo a menudo, porque ya sé de antemano cuál es la respuesta. Solo vestido de calle puedo ir a los lugares que moldean mi existencia: la oficina, el restaurante del paseo, los bares de tarde. En casa, juego, vagueo y duermo, es decir, dilapido el tiempo. Esta es la razón por la que el galán de noche resulta tan importante para mí. Los jugadores entran en el vestuario en chándal, con auriculares en los oídos y gafas de sol, y solo cuando encuentran en el banco, frente a su número, perfectamente doblada la camiseta que van vestir se transforman en futbolistas. Es lo que me ocurre a mí cada mañana. Tras pasar por el baño, encuentro delante la ropa que me ha de convertir en el que soy.

Durante una época creí, como todos, que completaría mi yo con mi media naranja, cuando la encontrara. El amor tiene detrás un sistema publicitario asombroso, qué duda cabe, lo he buscado con ahínco desde la adolescencia, pero no admite un mínimo análisis realizado con rigor. Partamos de este mismo momento, recién levantado. Es hermoso hacerlo en pareja, no lo dudo, aunque su belleza resulta efímera. Unos minutos antes de vestirse y salir pitando, siempre atrasado. Y anodina. Solo vestido y en la calle, la vida se completa. La auténtica media naranja de un ser humano es el presupuesto del departamento que dirige. Eso es lo que le concede durante doce horas al día ser quien es. El resto de horas las consume el móvil, la televisión y el sueño. Es decir, lo insustancial de la vida.

Con el presupuesto que tengo hago y deshago. Contrato y dejo con la miel en los labios a quien me importuna. Proyecto y realizo. Mi pensamiento modifica la realidad. Que algo exista o no exista solo depende de mí, si los fondos atribuidos a la sección que dirijo me respaldan. Una persona es lo que es capaz de hacer con su trabajo, pero un trabajo rinde solo cuando las partidas atribuidas se corresponden con los proyectos. Por eso mi galán de noche, lejos de ser un mueble de cierta utilidad para mantener en orden los objetos, es la gran metáfora de mi auténtica pareja: la gestión de gastos e ingresos. La vida carece de otra esencia.

Mi galán de noche soy yo en estado de reposo. Es la tregua que me doy a diario, antes de volver a empezar. No necesito otra compañía. Vaya, veo que me ha salido por casualidad una idea perspicaz: la única compañía verdadera es mi Compañía. No necesito novia, los amigos son otra pérdida de tiempo; las aficiones, un engañabobos. Nada de eso echo de menos. ¿Para qué necesitaría una novia si salgo al amanecer y regreso al anochecer? Mi hábitat natural es mi despacho. Sé que queda muy bien un marquito de plata con un rostro sonriente sobre la mesa. La retórica es la perdición de la sociedad. Y otro marquito al lado de tipos fondones disfrazados de futbolistas en un partido previo a una costillada… que ocurrió hace diez años. La añoranza es una trampa mortal para espíritus despiertos… que se duermen.

Desconectar un instante y conectar de nuevo lo más rápido posible es el único juego sensato de la vida. Y para descansar no se necesitan actividades que también cansen. Es una obviedad. Me visto el chándal cuando regreso a casa y me tumbo en el sofá a verme a mí mismo cerrar los ojos. Luego me sobresalto y los ojos se me abren de repente como platos. Miro las paredes de mi piso, las cortinas que no vale la pena abrir porque fuera ya está oscuro, el televisor apagado, el tocadiscos en silencio, el portátil doblado sobre sí mismo. Es mi territorio inútil.  Nada hay que me reclame. Pongo un pie sobre el reposabrazos del sofá y el otro se queda en el aire, sobre la alfombra. Con un brazo me sostengo la nuca y con el otro me palpo la barba que no me apetece aún afeitar. De reojo miro, a través de la puerta de mi habitación, el galán de noche vestido con lo único que sé que es mío. Está a unos metros, podría ahora levantarme y vestirme para reconocerme como yo mismo, pero si no lo hago y me quedo aquí tumbado, como se tumba una sombra en el suelo frente al cuerpo que la proyecta, entonces, ¿quién demonios soy ahora? 


jueves, 14 de mayo de 2026

DESNUDEZ


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LYN COFFIN 

Indecisa si salir o quedarme, me asomo a la ventana para que la calle me aconseje. Veo llover con repiqueteo de jornada laboral de minero en tiempos anteriores a cualquier regulación. El cielo, un techo de mina de carbón. Dejo vagar la vista frente a los cristales por si hallan inspiración. Y de repente, la encuentran. Enfrente, en la antigua fábrica de enormes ventanales que utilizan como taller grupos teatrales y también, de vez en cuando, algún artista sin nombre acreditado, me despierta de la abulia una pintora. Como las antiguas. Frente a un lienzo montado sobre un caballete. Hay partes aún en blanco y otras con esbozos trazados a carboncillo. Usa como paleta lo que parece, desde mi punto de observación, la tapa de un cubo comunitario de basuras. El resto, sin embargo, cuadra a la perfección con lo que recuerdo de lo que era un pintor.

Me detengo a observar lo que aparece ya coloreado en el triángulo superior del lienzo. Una cabeza, aún sin rostro, apenas alguna sombra donde irán ojos, nariz y boca, y un cuerpo de hombre con el pecho al descubierto, o por lo menos la mitad que ya tiene asignado color y detalles. Entre estos creo distinguir, desde la distancia, un pezón y alrededor lo que parece abundante vello pectoral. Y si fijo la vista en los garabatos del carboncillo que han de guiar la pintura, no me cuesta intuir los atributos de un cuerpo desnudo. Mi mirada salta de inmediato a la pintora. No la conozco ni la he visto antes en esta estancia donde suelen trabajar jóvenes tumbados con un ordenador portátil en el suelo. No es una mujer joven. Mediana edad. El cabello envuelto en un pañuelo, cubierta con una bata larga, como de estar por casa, llena de manchas de pintura. Entre ella y yo, la lluvia insiste. Ambas, pienso, estamos, sin embargo, protegidas de la inclemencia. Ella por su dedicación y yo por mi curiosidad.

El silbido de la cafetera a punto de achicharrar mi desayuno resquebraja el idilio entre artista y admiradora. Corro a salvarla del fuego, pero no lo apago. Coloco en su lugar la plancha de tostar el pan y encima un par de rebanadas. Vierto el café en una taza y lo aclaro con unas gotas de leche. Corto un pedazo de longaniza y me siento. Aunque al instante he de volver a levantarme para apagar la cocina y retirar las tostadas. Con una en la mano, la imagen que he estado contemplando me reclama. Hacia ella me encamino y allí me planto de nuevo. Al morder la tostada, sin pensar en los movimientos que estoy haciendo, se desprende ante mí una lluvia ahora interior, pero casi tan intensa como la exterior, de migas. Algunas se prenden en la cortina, otras se arremolinan a mis pies, en las baldosas. Entonces, en lugar de mirar afuera, me observo en el reflejo del cristal y la imagen que me devuelve, de pronto, me ridiculiza ante mí misma.

Después del desayuno, como la lluvia insiste en apropiarse del día, enciendo el ordenador y dejo que sea él quien me ordene en qué ocupar el tiempo. ¿Cuánto? No sabría contarlo sin mirar el reloj, pero en cierto momento, la evocación de la pintora que va vistiendo la figura masculina con su propia desnudez regresa a mi pensamiento. Acabo ágil la tarea que me tenía entretenida, por darle un sesgo menos impulsivo al impulso, y, sigilosa, me acerco a la ventana. Llueve. Pero enfrente, en el taller, el lienzo ha avanzado. Ahora resuelve la pierna que corresponde a la mitad del pecho que ya había visto coloreada. Un muslo atlético, una rodilla rotunda, espinilla y arranque del empeine firmemente asentados en el blanco de la tela. No me había dado cuenta, en una primera observación, que no son estas las únicas novedades de este rato. La pintora ha decidido ya la mirada de su figura y en el óvalo vertical del rostro ha resaltado los ojos y ha precisado su dirección. Hacia mí. Tanto que, como gesto reflejo, nada más observarlo, doy un respingo para ocultarme detrás de la cortina. Asustada. Descubierta de lleno en una falta.

Nunca he sentido mala conciencia de mirar por la ventana. En la vieja fábrica ensayan grupos de teatro, trabajan artistas plásticos y se realizan múltiples actividades a las que asisto a diario como si estuviera sentada en una butaca de platea. Tampoco me agazapo. A veces me ven mirarles y raro es que no me sonrían e incluso me saluden. Me conciben como un anticipo del público que desean para sus obras. Por eso me sorprende doblemente sentirme espía, primero porque no es lo habitual, después porque tampoco es una persona la que me ve mirar, sino una pintura. Aun así, el susto permanece, como la lluvia, en el rincón donde me refugio, entre la cortina y la pared de la sala. Puedo pensar que lo que ocurre a continuación es algo que he meditado, pero no es cierto, la inquietud me impide razonar. Es solo otro impulso que se me impone de inmediato. Empiezo a desabrocharme la blusa que uso para estar en casa. Me bajo el pantalón de pijama, me quito las prendas íntimas, los calcetines, me descalzo y así, tan desnuda como la pintura, me brindo a su mirada desde el centro de la ventana. El hombre desnudo medio pintado continúa con los ojos fijos sobre mí, pero ya su deseo no me asusta. Al contrario, siento una intensa excitación, desconocida, a lo largo de todo mi cuerpo desnudo. Arrebatado. Dispuesto a la entrega.


jueves, 30 de abril de 2026

YO



y siento nostalgia de mí mismo y me echo de menos

de ahí que sin cesar me llame por teléfono y me cuelgue

Józef Baran 

Lo que voy a contar aquí no tuvo instante de inicio como se relata de las catástrofes, ni goza de una fecha para ser recordado, ni siquiera se puede afirmar con verosimilitud que ocurriera. Pudo ser su origen, y entonces hubiera merecido día e incluso hora, aquella lejana visita al otorrino donde me llevó mi madre, de chaval, sospechando mi sordera. El médico me hizo las pruebas al uso entonces y en la siguiente visita, delante de mi madre, puso cara de imbécil y le dijo que no entendía el motivo de su preocupación. Que aquel niño que le había traído a la consulta carecía de cualquier deficiencia auditiva, es decir, que oía perfectamente. Y mi madre, desolada con lo que escuchaba, como quien manda un telegrama de socorro, quiso rebatir el diagnóstico: «¿Entonces por qué no me oye cuando lo llamo?». Y el médico, igual que si se tratara de un campeonato de ping pong, la remató con un golpe ganador: «Llévelo al psicólogo». Y ahí se acabó todo, por fortuna mi madre nunca le tuvo fe a la psicología.

         Durante un tiempo yo mismo creí que el problema se reducía a que no me gustaba el nombre que mis padres me habían puesto al nacer. Quizá porque era también el nombre de mi abuelo. Ernesto. O porque hubiera otros Ernestos en el colegio con los que me disgustara compararme. Razones para pelearse con un nombre sobran en todas partes. Pero admiraba a mi abuelo y solo había otro Ernesto en el colegio, un chico mayor que había ganado el campeonato escolar de ajedrez. Tal vez por esa coincidencia, al ser el Ernesto de quinto grado una celebridad, en clase pasaron a llamarme Néstore, por un ejemplo de anagrama que puso el profe de lengua de turno un día que no tenía ganas de explicar sintaxis. Y Néstore fue una revelación, me encanta. Estaba seguro de que si algún día tenía un hijo, se lo pondría. Aunque, me llamaran con mi nombre o con mi apodo, seguía sin darme la vuelta para responder. Todo lo que se refería a mí, no iba conmigo.

         La adolescencia fue la mejor época de mi vida. Lo que fuera que me pasara le ocurría a mis compañeros. Ellos sí atendían por su nombre, claro, pero ahí se les acababan las certezas. Qué felicidad sentí la tarde que, al salir de clase, estuvimos debatiendo cómo se averiguaba si uno en el fondo era heterosexual, homosexual o transexual o queer, si su sexo computaba como binario o como impar. No todos estaban al tanto de estos caprichos de la naturaleza, y a la lista de las esencias hubo quien planteó añadir su amor al fútbol. «¿Cómo se llama el que solo es futbolista?», preguntó uno. «¿Futbolero?», le respondía otro, y así. Ahí me di cuenta de que ninguno de mis compañeros se comprendía a sí mismo. Incluso llegué a disfrutar de la ventaja que les llevaba a todos ellos. Yo sí que sabía con certeza quién no era en absoluto: yo. Ni mi nombre era mi nombre, ni mi cuerpo me pertenecía, ni mi vida era el tiempo que pasaba conmigo. Con alborozo intuí que a ellos les ocurría más o menos lo mismo, pero aún no lo habían descubierto.

         Lo triste para mí se reanudó cuando supe que, como los productos lácteos, la adolescencia tenía fecha de caducidad. Y una vez consumida, y puesto a reciclar su envase, comprobé con pavor cómo cada cual salía del túnel, antes o después, con un yo firme y seguro como el forjado de un edificio en construcción. Todos, menos yo, a quien la adolescencia no le sirvió ni siquiera para dudar de sí mismo. Es decir, para recelar de quien no era. De repente me encontré abocado a una vida adulta cuyas dimensiones no conseguía comprender. La que ha llegado hasta el día de hoy sin ofrecerme ni siquiera un mero pacto de convivencia. Continúo sin reconocer mi nombre y apellidos como míos, y ni un solo recuerdo conserva el germen de una emoción sentida como propia. En cierta ocasión me tocó una participación de la lotería de Navidad que había comprado a un vecino por quitármelo de encima, y aunque se trataba de una cantidad respetable, no se me ocurrió ir a cobrarla, del mismo modo que a nadie se le pasaría por la cabeza ir a cobrar el boleto de otra persona.

         La conciencia de la vida adulta me trajo inéditos sinsabores. Por lo que les pasaba a mis conocidos intuía que, tarde o temprano, me enamoraría. Había flirteado antes con algunas chicas, claro. Salidas al cine, a bailar, un fin de semana. Me alentaba comprobar que me interesaba por ellas, que apreciaba su compañía y que a mi yo le habían gustado. Pero se mostraba tan escuálido ese yo que se encandilaba que pronto percibían mi desinterés, que en general lo era por todo, y si te he visto no me acuerdo.  El descrédito del yo resulta corrosivo. La gente a quien odia es a los narcisistas. Por mi parte, cuando me cruzaba con alguno, estudiaba sus hábitos de un modo obsesivo, lo admiraba e incluso pretendía imitarlo. Lo que hubiera dado por quererme solo una pequeña parte de lo que ellos se amaban a sí mismos. Tal vez fuera un error fijarse en este modelo a la hora de mantener una relación, porque si bien es cierto que uno ha de hallar algo bueno en sí mismo, lo que tiene que aprender sobre todo es a querer a la otra persona.

         Ninguna relación anterior, sin embargo, ha tenido nada que ver con lo que experimento cada día desde que me he enamorado. No se puede decir que camine, cuando en verdad vuelo sobre el pavimento si voy con ella, y si ando lejos, cierro los ojos para verla y continúo levitando sobre la realidad. Es un tópico, lo sé. Pero al pensarlo descubro que una de las características del estado que disfruto es vivir lo manido como si ocurriera por primera vez sobre la faz de la tierra. Tan enamorado ando que tarda poco en aparecer frente a mí el dilema crucial: ¿me he enamorado yo o el yo que vive de okupa en mi yo? Lo planteo tal que así y desde entonces no puedo dejar de darle vueltas a la formulación. Me pasma. Nunca antes había atribuido algo a un yo distinto al yo que soy siendo otro. El otro, antes constante presencia en mi constante ausencia, se ha convertido ahora en solo una opción. Entre dos. ¿Habré dado el paso definitivo? El que llevo una vida buscando. ¿Me habré encontrado, al fin? ¿Será este yo, desconocido hasta ahora, mi auténtico yo? Temblando saco el móvil del bolsillo y marco mi número. Y el teléfono suena. Y lo descuelgo. Porque me llama a , el enamorado. 


martes, 14 de abril de 2026

CRÓNICA APÓCRIFA


La yerba crece en manojos largos

sobre los excrementos de las vacas

Elizabeth Bishop


Me sorprendí a mí misma contando que en la gran ciudad no había quién viviera. «No hay quien viva», dije exactamente la primera vez que me lo preguntaron, aunque lo pronuncié con aplomo de confesión, no como el tópico que es. De ahí que no me costara continuar por la cuesta abajo. Que si me desangraba yendo de un sitio a otro sin hallar nunca un lugar que considerara mío, que si una se olvida de sí misma entre tal exceso de vidas de otros. Las razones que desde entonces doy cuando me interrogan para saber qué hago aquí. Y nunca se agota la curiosidad, como si la respuesta tuviera el poder de descubrir un grial escondido. Nadie entiende que un día abandonara la ciudad rutilante y bulliciosa por este charco de quietud en mitad de las montañas donde salir de casa a pasear se considera otro de los pecados capitales, acaso el más pernicioso. 

Y, sin embargo, nadie cuestiona lo que ha sido para mí el salto mortal más complejo de mi vida, el que me ha llevado a abandonar mi juventud para buscar trabajo en esta residencia de ancianos. Y por ser la última en incorporarme —la que me precedía había cumplido un lustro siendo la Novata, título que he heredado— me han adscrito a la planta de los más longevos y deteriorados por la edad, siguiendo una regla de extraña sabiduría que atribuye a las aprendices los casos más complejos y difíciles. No me quejo. No lo haría el pecador voluptuoso al conocer el círculo del infierno que, de modo coherente, le ha correspondido. Así que no puedo decir que disfrute con mis ancianos, pero no echo de menos las clases en el colegio. Ni tampoco me torturan en exceso las desagradables exigencias de mi nuevo trabajo.

Hay dos abuelos, en especial, que me mortifican y fascinan al mismo tiempo. No quiero anotar aquí sus nombres, por si alguna vez cae esta declaración en manos de sus familiares. Caso de que los tengan, porque hasta el momento no han recibido visita alguna, ni uno, que voy a llamar Noé, ni el otro, que bautizaré Abraham, quien fue en sus inicios, como el viejo que cuido, pastor. Aunque mi Abraham se refiere a sí mismo como ganadero. Si le llamara «pastor» me aporrearía, este término identifica para él la categoría laboral ínfima que atribuía a los empleados que mal pagaba y nunca reconoció legalmente como tales. Y siendo una persona muy religiosa, la religión al parecer no le sirvió ni para apiadarse del prójimo ni tampoco para reconocer la santidad de la palabra con la que insultaba a quienes ofrecía trabajo: «pastor tenías que ser».

Aunque no me ha costado mucho descubrir que por debajo de este término hay otro que pronuncia con un acento aún más injurioso: «labrador». Este es Noé. Ni siquiera el que cultivara una viña, como su referente bíblico, y fermentara después la uva en un vino excelente le valió el mínimo prestigio: «Si no lo haces tú, lo hará otro, que eso lo hace cualquiera». Así sonó durante décadas el estribillo de las opiniones de Abraham. Ambos, como ahora, fueron vecinos. En el pueblo, porque es pequeño, pero sobre todo en el monte. Todas las parcelas que cultivaba Noé, por un costado o por otro lindaban con los terrenos donde pastaba el ganado de Abraham. Los reproches y conflictos habían sido mutuos y constantes. Si Noé le pedía indemnizaciones por los cultivos arrasados por las reses que rompían el vallado, Abraham le denunciaba por pretender envenenar sus rebaños con plaguicidas y fumigaciones. Pero ahora no eran los juzgados provinciales los que almacenaban sus continuas querellas, sino yo quien los atendía a los dos, juntos en la misma habitación de la residencia. Abraham el ganadero y Noé el labrador.

Recuerdo el primer día en el que aparecí en su habitación, recién incorporada a la plantilla, a la hora de levantarse, con el propósito de ayudarles, primero a uno y luego a otro. Eso es lo que pensaba, en mi inocencia. Se me ocurrió empezar por el que tenía en primer término, Noé, que dormía junto a la puerta. La trifulca que montó esa mañana Abraham fue de película. Que si le había relegado. Que si me olvidaba a propósito de sus dolencias. Que si buscaba excluirle de la vida residencial. De lo que enseguida me di cuenta es de que si hubiera empezado por Abraham, Noé hubiera montado la misma escena, porque se me ocurrió sugerir que al día siguiente empezaría por él y enseguida estallaron los dos agraviados por marginación. Tal como había aprendido a hacer con los niños, traté de encontrar un elemento objetivo. Les propuse que procederíamos por orden alfabético. «Excelente criterio», dijo Abraham. «Estoy de acuerdo, pero si usamos los apellidos», añadió de inmediato Noé. El de Noé empezaba por C y el de Abraham por S. Calle sin salida. De hecho, pasaron meses acudiendo cada día a levantarlos a los dos, con protesta asegurada de uno de ellos. La razón resultaba el instrumento más inútil que existe para ordenar la vida de campesino y ganadero. Y levantarles era solo la primera excusa del día para la disputa entre dos ancianos a los que ya había que ayudarles en cada tarea que se propusieran realizar. La única persona risueña a cualquier hora en la residencia me pareció que era la auxiliar a la que mi incorporación había relevado de esta planta.

Como pude me amoldé a la refriega constante. Hasta que un día Abraham falleció mientras dormía. Por la mañana retiré del cuarto a Noé, que se mantuvo absolutamente callado. Los empleados de la funeraria se lo llevaron a mediodía, cambié sábanas y mantas y por la noche el labrador regresó a su cama. Cabizbajo, en silencio. Así permaneció varios días. Una mañana, quizá por animarle, se me ocurrió hacerle un chiste perverso y le dije: «Al final tenía razón yo y el orden que primaba era el alfabético de los nombres», y hasta hice un mohín de sonrisa a continuación. Que no fue secundado. Noé, muy serio y en voz baja me recriminó que en estos asuntos estaba de sobras el humor. Y no le volví a sacar una palabra en el resto del día. Otra mañana, me pidieron que le acompañara a la sala de visitas. Le esperaba el notario y con él le dejé. Imaginé que, asustado por la desaparición de Abraham, quería dejar a buen recaudo sus propiedades, que como las de su compañero de habitación, no eran pocas. Cuando le recogí, Noé estaba aún más desencajado. No le saqué ni una palabra, pero la directora me lo contó al día siguiente. Abraham había nombrado a Noé su heredero universal. Entre los dos se repartían la montaña donde está ubicado el pueblo, al margen de la propiedad de la mitad de sus casas, hangares y cocheras. Noé disfrutó muy poco de su fortuna. Unas semanas.

Acudí a su entierro, igual que había ido al de Abraham, aunque en este caso solo como su acompañante. La habitación la ocuparon de inmediato otros dos ancianos de la localidad, que estaban en lista de espera. Muy amables. Todo era «muchas gracias, señorita; usted primero; por favor; si no le importa, buenos días, buenas tardes, buenas noches». Qué insoportable aburrimiento. Cómo empecé a añorar a mis dos granujas. Aunque no me dio tiempo a pasar al siguiente grado, que es el olvido. En absoluto. A los pocos días se presentó el notario y pidió entrevistarse conmigo. Ahora soy dueña de una montaña entera, donde medio pueblo se gana la vida, y el otro medio habita en mis propiedades y cuento con un treinta por ciento de la residencia, hecho que de inmediato motivó que la directora dejara de llamarme «chiquilla» para tratarme de usted.