jueves, 30 de abril de 2026

YO



y siento nostalgia de mí mismo y me echo de menos

de ahí que sin cesar me llame por teléfono y me cuelgue

Józef Baran 

Lo que voy a contar aquí no tuvo instante de inicio como se relata de las catástrofes, ni goza de una fecha para ser recordado, ni siquiera se puede afirmar con verosimilitud que ocurriera. Pudo ser su origen, y entonces hubiera merecido día e incluso hora, aquella lejana visita al otorrino donde me llevó mi madre, de chaval, sospechando mi sordera. El médico me hizo las pruebas al uso entonces y en la siguiente visita, delante de mi madre, puso cara de imbécil y le dijo que no entendía el motivo de su preocupación. Que aquel niño que le había traído a la consulta carecía de cualquier deficiencia auditiva, es decir, que oía perfectamente. Y mi madre, desolada con lo que escuchaba, como quien manda un telegrama de socorro, quiso rebatir el diagnóstico: «¿Entonces por qué no me oye cuando lo llamo?». Y el médico, igual que si se tratara de un campeonato de ping pong, la remató con un golpe ganador: «Llévelo al psicólogo». Y ahí se acabó todo, por fortuna mi madre nunca le tuvo fe a la psicología.

         Durante un tiempo yo mismo creí que el problema se reducía a que no me gustaba el nombre que mis padres me habían puesto al nacer. Quizá porque era también el nombre de mi abuelo. Ernesto. O porque hubiera otros Ernestos en el colegio con los que me disgustara compararme. Razones para pelearse con un nombre sobran en todas partes. Pero admiraba a mi abuelo y solo había otro Ernesto en el colegio, un chico mayor que había ganado el campeonato escolar de ajedrez. Tal vez por esa coincidencia, al ser el Ernesto de quinto grado una celebridad, en clase pasaron a llamarme Néstore, por un ejemplo de anagrama que puso el profe de lengua de turno un día que no tenía ganas de explicar sintaxis. Y Néstore fue una revelación, me encanta. Estaba seguro de que si algún día tenía un hijo, se lo pondría. Aunque, me llamaran con mi nombre o con mi apodo, seguía sin darme la vuelta para responder. Todo lo que se refería a mí, no iba conmigo.

         La adolescencia fue la mejor época de mi vida. Lo que fuera que me pasara le ocurría a mis compañeros. Ellos sí atendían por su nombre, claro, pero ahí se les acababan las certezas. Qué felicidad sentí la tarde que, al salir de clase, estuvimos debatiendo cómo se averiguaba si uno en el fondo era heterosexual o homosexual o transexual o queer, si su sexo computaba como binario o como impar. No todos estaban al tanto de estos caprichos de la naturaleza, y a la lista de las esencias hubo quien planteó añadir su amor al fútbol. «¿Cómo se llama el que solo es futbolista?», preguntó uno. «¿Futbolero?», le respondía otro, y así. Ahí me di cuenta de que ninguno de mis compañeros se comprendía a sí mismo. Incluso llegué a disfrutar de la ventaja que les llevaba a todos ellos. Yo sí que sabía con certeza quién no era en absoluto: yo. Ni mi nombre era mi nombre, ni mi cuerpo me pertenecía, ni mi vida era el tiempo que pasaba conmigo. Con alborozo intuí que a ellos les ocurría más o menos lo mismo, pero aún no lo habían descubierto.

         Lo triste para mí se reanudó cuando supe que, como los productos lácteos, la adolescencia tenía fecha de caducidad. Y una vez consumida, y puesto a reciclar su envase, comprobé con pavor cómo cada cual salía del túnel, antes o después, con un yo firme y seguro como el forjado de un edificio en construcción. Todos, menos yo, a quien la adolescencia no le sirvió ni siquiera para dudar de sí mismo. Es decir, para recelar de quien no era. De repente me encontré abocado a una vida adulta cuyas dimensiones no conseguía comprender. La que ha llegado hasta el día de hoy sin ofrecerme ni siquiera un mero pacto de convivencia. Continúo sin reconocer mi nombre y apellidos como míos, y ni un solo recuerdo conserva el germen de una emoción sentida como propia. En cierta ocasión me tocó una participación de la lotería de Navidad que había comprado a un vecino por quitármelo de encima, y aunque se trataba de una cantidad respetable, no se me ocurrió ir a cobrarla, del mismo modo que a nadie se le pasaría por la cabeza ir a cobrar el boleto de otra persona.

         La conciencia de la vida adulta me trajo inéditos sinsabores. Por lo que les pasaba a mis conocidos intuía que, tarde o temprano, me enamoraría. Había flirteado antes con algunas chicas, claro. Salidas al cine, a bailar, un fin de semana. Me alentaba comprobar que me interesaba por ellas, que apreciaba su compañía y que a mi yo le habían gustado. Pero se mostraba tan escuálido ese yo que se encandilaba que pronto percibían mi desinterés, que en general lo era por todo, y si te he visto no me acuerdo.  El descrédito del yo resulta corrosivo. La gente a quien odia es a los narcisistas. Por mi parte, cuando me cruzaba con alguno, estudiaba sus hábitos de un modo obsesivo, lo admiraba e incluso pretendía imitarlo. Lo que hubiera dado por quererme solo una pequeña parte de lo que ellos se amaban a sí mismos. Tal vez fuera un error fijarse en este modelo a la hora de mantener una relación, porque si bien es cierto que uno ha de hallar algo bueno en sí mismo, lo que tiene que aprender sobre todo es a querer a la otra persona.

         Ninguna relación anterior, sin embargo, ha tenido nada que ver con lo que experimento cada día desde que me he enamorado. No se puede decir que camine, cuando en verdad vuelo sobre el pavimento si voy con ella, y si ando lejos, cierro los ojos para verla y continúo levitando sobre la realidad. Es un tópico, lo sé. Pero al pensarlo descubro que una de las características del estado que disfruto es vivir lo manido como si ocurriera por primera vez sobre la faz de la tierra. Tan enamorado ando que tarda poco en aparecer frente a mí el dilema crucial: ¿me he enamorado yo o el yo que vive de okupa en mi yo? Lo planteo tal que así y desde entonces no puedo dejar de darle vueltas a la formulación. Me pasma. Nunca antes había atribuido algo a un yo distinto al yo que soy siendo otro. El otro, antes constante presencia en mi constante ausencia, se ha convertido ahora en solo una opción. Entre dos. ¿Habré dado el paso definitivo? El que llevo una vida buscando. ¿Me habré encontrado, al fin? ¿Será este yo, desconocido hasta ahora, mi auténtico yo? Temblando saco el móvil del bolsillo y marco mi número. Y el teléfono suena. Y lo descuelgo. Porque me llama a , el enamorado. 


martes, 14 de abril de 2026

CRÓNICA APÓCRIFA


La yerba crece en manojos largos

sobre los excrementos de las vacas

Elizabeth Bishop


Me sorprendí a mí misma contando que en la gran ciudad no había quién viviera. «No hay quien viva», dije exactamente la primera vez que me lo preguntaron, aunque lo pronuncié con aplomo de confesión, no como el tópico que es. De ahí que no me costara continuar por la cuesta abajo. Que si me desangraba yendo de un sitio a otro sin hallar nunca un lugar que considerara mío, que si una se olvida de sí misma entre tal exceso de vidas de otros. Las razones que desde entonces doy cuando me interrogan para saber qué hago aquí. Y nunca se agota la curiosidad, como si la respuesta tuviera el poder de descubrir un grial escondido. Nadie entiende que un día abandonara la ciudad rutilante y bulliciosa por este charco de quietud en mitad de las montañas donde salir de casa a pasear se considera otro de los pecados capitales, acaso el más pernicioso. 

Y, sin embargo, nadie cuestiona lo que ha sido para mí el salto mortal más complejo de mi vida, el que me ha llevado a abandonar mi juventud para buscar trabajo en esta residencia de ancianos. Y por ser la última en incorporarme —la que me precedía había cumplido un lustro siendo la Novata, título que he heredado— me han adscrito a la planta de los más longevos y deteriorados por la edad, siguiendo una regla de extraña sabiduría que atribuye a las aprendices los casos más complejos y difíciles. No me quejo. No lo haría el pecador voluptuoso al conocer el círculo del infierno que, de modo coherente, le ha correspondido. Así que no puedo decir que disfrute con mis ancianos, pero no echo de menos las clases en el colegio. Ni tampoco me torturan en exceso las desagradables exigencias de mi nuevo trabajo.

Hay dos abuelos, en especial, que me mortifican y fascinan al mismo tiempo. No quiero anotar aquí sus nombres, por si alguna vez cae esta declaración en manos de sus familiares. Caso de que los tengan, porque hasta el momento no han recibido visita alguna, ni uno, que voy a llamar Noé, ni el otro, que bautizaré Abraham, quien fue en sus inicios, como el viejo que cuido, pastor. Aunque mi Abraham se refiere a sí mismo como ganadero. Si le llamara «pastor» me aporrearía, este término identifica para él la categoría laboral ínfima que atribuía a los empleados que mal pagaba y nunca reconoció legalmente como tales. Y siendo una persona muy religiosa, la religión al parecer no le sirvió ni para apiadarse del prójimo ni tampoco para reconocer la santidad de la palabra con la que insultaba a quienes ofrecía trabajo: «pastor tenías que ser».

Aunque no me ha costado mucho descubrir que por debajo de este término hay otro que pronuncia con un acento aún más injurioso: «labrador». Este es Noé. Ni siquiera el que cultivara una viña, como su referente bíblico, y fermentara después la uva en un vino excelente le valió el mínimo prestigio: «Si no lo haces tú, lo hará otro, que eso lo hace cualquiera». Así sonó durante décadas el estribillo de las opiniones de Abraham. Ambos, como ahora, fueron vecinos. En el pueblo, porque es pequeño, pero sobre todo en el monte. Todas las parcelas que cultivaba Noé, por un costado o por otro lindaban con los terrenos donde pastaba el ganado de Abraham. Los reproches y conflictos habían sido mutuos y constantes. Si Noé le pedía indemnizaciones por los cultivos arrasados por las reses que rompían el vallado, Abraham le denunciaba por pretender envenenar sus rebaños con plaguicidas y fumigaciones. Pero ahora no eran los juzgados provinciales los que almacenaban sus continuas querellas, sino yo quien los atendía a los dos, juntos en la misma habitación de la residencia. Abraham el ganadero y Noé el labrador.

Recuerdo el primer día en el que aparecí en su habitación, recién incorporada a la plantilla, a la hora de levantarse, con el propósito de ayudarles, primero a uno y luego a otro. Eso es lo que pensaba, en mi inocencia. Se me ocurrió empezar por el que tenía en primer término, Noé, que dormía junto a la puerta. La trifulca que montó esa mañana Abraham fue de película. Que si le había relegado. Que si me olvidaba a propósito de sus dolencias. Que si buscaba excluirle de la vida residencial. De lo que enseguida me di cuenta es de que si hubiera empezado por Abraham, Noé hubiera montado la misma escena, porque se me ocurrió sugerir que al día siguiente empezaría por él y enseguida estallaron los dos agraviados por marginación. Tal como había aprendido a hacer con los niños, traté de encontrar un elemento objetivo. Les propuse que procederíamos por orden alfabético. «Excelente criterio», dijo Abraham. «Estoy de acuerdo, pero si usamos los apellidos», añadió de inmediato Noé. El de Noé empezaba por C y el de Abraham por S. Calle sin salida. De hecho, pasaron meses acudiendo cada día a levantarlos a los dos, con protesta asegurada de uno de ellos. La razón resultaba el instrumento más inútil que existe para ordenar la vida de campesino y ganadero. Y levantarles era solo la primera excusa del día para la disputa entre dos ancianos a los que ya había que ayudarles en cada tarea que se propusieran realizar. La única persona risueña a cualquier hora en la residencia me pareció que era la auxiliar a la que mi incorporación había relevado de esta planta.

Como pude me amoldé a la refriega constante. Hasta que un día Abraham falleció mientras dormía. Por la mañana retiré del cuarto a Noé, que se mantuvo absolutamente callado. Los empleados de la funeraria se lo llevaron a mediodía, cambié sábanas y mantas y por la noche el labrador regresó a su cama. Cabizbajo, en silencio. Así permaneció varios días. Una mañana, quizá por animarle, se me ocurrió hacerle un chiste perverso y le dije: «Al final tenía razón yo y el orden que primaba era el alfabético de los nombres», y hasta hice un mohín de sonrisa a continuación. Que no fue secundado. Noé, muy serio y en voz baja me recriminó que en estos asuntos estaba de sobras el humor. Y no le volví a sacar una palabra en el resto del día. Otra mañana, me pidieron que le acompañara a la sala de visitas. Le esperaba el notario y con él le dejé. Imaginé que, asustado por la desaparición de Abraham, quería dejar a buen recaudo sus propiedades, que como las de su compañero de habitación, no eran pocas. Cuando le recogí, Noé estaba aún más desencajado. No le saqué ni una palabra, pero la directora me lo contó al día siguiente. Abraham había nombrado a Noé su heredero universal. Entre los dos se repartían la montaña donde está ubicado el pueblo, al margen de la propiedad de la mitad de sus casas, hangares y cocheras. Noé disfrutó muy poco de su fortuna. Unas semanas.

Acudí a su entierro, igual que había ido al de Abraham, aunque en este caso solo como su acompañante. La habitación la ocuparon de inmediato otros dos ancianos de la localidad, que estaban en lista de espera. Muy amables. Todo era «muchas gracias, señorita; usted primero; por favor; si no le importa, buenos días, buenas tardes, buenas noches». Qué insoportable aburrimiento. Cómo empecé a añorar a mis dos granujas. Aunque no me dio tiempo a pasar al siguiente grado, que es el olvido. En absoluto. A los pocos días se presentó el notario y pidió entrevistarse conmigo. Ahora soy dueña de una montaña entera, donde medio pueblo se gana la vida, y el otro medio habita en mis propiedades y cuento con un treinta por ciento de la residencia, hecho que de inmediato motivó que la directora dejara de llamarme «chiquilla» para tratarme de usted.


martes, 31 de marzo de 2026

BAILAR BAJO EL PUENTE



Vive a orillas del Sena el otro,

y ese también soy yo, soy yo.

Endre Ady


¿Quién encaja una revelación así? Es lo que piensa por mí el pensamiento. Por mi parte, me dejo llevar. Lo he hecho siempre. Si alguien me pide que me dibuje, un psicólogo chiflado, como cuando era niño, trazo un cauce y en mitad una hoja que desciende flotando sobre la superficie de la corriente. La hoja soy yo. El río, el Sena. Nunca he estado en París. Aunque he recorrido la ciudad en diversas ocasiones dentro de las novelas que encuentro en el mercadillo. Y colecciono mapas de diferentes épocas. También me sé de memoria el nombre de los puentes sobre el Sena desde la isla de Saint-Germain hasta la confluencia con el río Marne, por todo el centro de la ciudad. Uno tras otro, sin equivocarme. Veintisiete, contando pasarelas y vías que atraviesan las islas. Cuando los recito, nadie duda de mi historia. Es lo que aconsejo hacer siempre: basar lo esencial en lo prolijo circunstancial. Pero cuando me piden explicaciones, cómo impartirlas sin descubrir mis cartas. 

Los puentes del Sena se pueden atravesar de dos modos, de una orilla a la otra o por debajo, siguiendo el cauce. Hasta ahí llega mi conocimiento, pero alcanza para realizar paseos imaginarios. Un río no transporta agua, sino ilusión. La única prevención que tomo es evitar conocer mujeres que hayan vivido de jóvenes en París. En Pest no resulta fácil encontrar un húngaro que haya viajado a Francia y que la conozca bien. Quiero decir, mejor que yo. Cuando me cruzo con alguno, enseguida descubro que se equivoca con los puentes, nombra uno con la situación de otro. Y más complicado aún resulta cruzarse con una húngara viajera. Las mujeres que de vez en cuando conozco, en general, jamás han salido de esta ciudad. Muchas ni siquiera han atravesado el Danubio hacia Buda. La verdad es que ninguna me exige demasiado. Si se ríen conmigo, ya considero interesante el encuentro. Para una tarde. En lugar de hablarles de penurias, les ofrezco una mercancía sentimental más romántica. Les cuento una vida bohemia en la orilla izquierda. Se lo explico como si en realidad estuvieran viviendo ellas la experiencia viajera, y aunque el resultado siempre sea el mismo, al poco se despiden y desaparecen de mi vida, me conformo con que alguna vez me recuerden como el parisino

Tengo buena memoria, pero en cierta ocasión conocí a una mujer morena, muy delgada, que ya había conocido antes como una mujer rubia, con más cuerpo. Esto solo lo supe al final. Cuando me apetece alternar, acudo a un local de baile. No repito lugar nunca, siempre voy a sitios donde no he estado nunca para evitar que alguna chica me reconozca. Compro un buen número de tarjetas y selecciono alguna candidata entre las que nadie saca a bailar. Solo bailo una pieza con la elegida, y cuando acaba, en lugar de una escuálida tarjeta, le entrego el fajo entero y la invito a una bebida. Aceptan porque rara vez sacan con diversas parejas más de lo que yo les ofrezco por un rato de charla. Nos sentamos y entonces a la escogida le hablo de París. De buenas a primeras no les recito nunca la lista de puentes. Eso las asustaría. Selecciono uno, el que me parece más adecuado al carácter que observo en la muchacha y le cuento una historia de lo que viví en la ciudad del amor. Cada puente tiene vinculada una historia diferente a las otras del resto de puentes, que a veces amplío o reduzco, según. Son argumentos que extraigo de las novelas y de los relatos que leo, y que voy adaptando a mi forma de ser. En el caso de aquella única repetición de chica, por eso lo supe, también repetí, sin pretenderlo, el puente. Y aunque era básicamente la misma historia, los detalles que la adaptan a quien me escucha no coinciden, claro, nunca. 

Me extrañó que la morena delgada, que había sido en otro local, sin que yo lo sospechara, rubia rolliza, se guardara en el bolso el mazo de tarjetas como si fuera lo más normal del mundo y aceptara subir al área de mesas sin que se lo hubiera propuesto. Ambos gestos, sin embargo, no me sugirieron, en absoluto, que repetía persona. Tengo buena memoria, aunque solo recuerdo detalles circunstanciales, color del cabello o maquillaje de ojos, aquellos que no suelen cambiar nunca. Ley que en esta ocasión me traicionó. Empecé contando que una vez me había enamorado en el Pont du Carrousel. Lo dije en francés y luego lo traduje al húngaro, Körhinta híd, para que me comprendiera. Supe enseguida que debía de esforzarme aquella tarde un poco más de lo habitual porque la mujer me miró con abulia, como si le estuviera contando el mismo rollo de siempre. Sacó un cigarrillo de mi paquete. Lo prendió con mi mechero y lanzó una bocanada de humo delante de mi cara. No sé si como un gesto de desprecio o como un reto para que le contara algo menos abstracto. El caso es que tomé la indelicadeza en este segundo sentido. 

Tal como está en el guion, el relato del Puente del Carrusel narra una tierna historia de amor. El protagonista masculino aparece descrito con mis rasgos, y la mujer de ensueño es maravillosamente delgada y profundamente morena. Me gustan los adverbios muy largos, qué le vamos a hacer. Sé que escritos no quedan bien, pero pronunciados permiten acabar la palabra en una suerte de temblor que aumenta su poder de sugerencia. En lugar de una leve sonrisa de complicidad, la mujer que he elegido crispa el gesto y desvía hacia mí una mirada de esas que en las novelas denominan fulminantes. Como si yo fuera un insecto que erradicar allí mismo. Improviso con agilidad más detalles suyos para ilustrar la imagen de la heroína de mi relato, pero cada uno que sublimo de su propio retrato, aumenta la animadversión hacia mí de mi pareja de baile. 

En cuanto avanzo un poco más, con un gesto de ira la mujer morena y delgada me laza en pleno rostro el fajo de tarjetas que le había entregado y luego, no sintiéndose aún conforme, vacía sobre mi cabeza la bebida alcohólica que había pedido tras mi invitación y el camarero había servido en su vaso, como suelen hacer cuando paga el cliente, de modo abundante. Y tampoco conforme con esta embestida física, al instante me lanza su arremetida moral: «¡Mentiroso, falsario, desleal!». Quiero defenderme: «Fue en el puente del Carrusel, estoy seguro, largo, elegante, hermoso». «Sí –responde la mujer morena–, pero la amada era una mujer rubia; recia, tal vez, pero bien proporcionada y agradable, más joven que yo y no alternaba en este antro de piojería, sino en el Kispipa» y añade, casi con lágrimas en los ojos, «de donde me han despedido».

No recuerdo si en aquel momento entendí sus palabras. Se levantó y se largó desairada. Me quedé pensando qué había ocurrido. Qué había descubierto ella de mí y qué yo de ella. La única pregunta a la que puedo responder, sin embargo, es diferente. De mí, de repente descubro que nunca he sido el otro de mis ficciones, del mismo modo que aquella mujer, en la realidad, ha sido una y ahora es otra. Y por eso yo sigo contándolas con tanta inocencia, incluso ensimismada idiotez, mientras ella en verdad encarna el trágico zarpazo que yo le he atribuido siempre a mi destino: la aflicción de quien ve desdeñado su verdadero yo. El que no tengo.


martes, 17 de marzo de 2026

EL SEÑOR DE LOS CIERVOS



Escribe con un palo, laboriosamente, 
en la tierra húmeda y gris, 
mientras frunce, con ansiedad, el ceño
Margaret Atwood

No hay mejor barrendero que el viento del norte. Forma montículos de hojarasca en los rincones que después quien barre solo tiene que recoger. El resto queda impoluto. Como la conciencia de un pecador antes de su primer yerro. Entre los residuos que el viento amontona hay algunas hojas arrancadas a los alcornoques y abundante pinaza, también envoltorios de cualquier objeto que se preste a ser envasado y muchos pañuelos de papel, incluso no usados nunca. Y de vez en cuando, entre lo acostumbrado, brilla el diminuto grito de una pequeña joya extraviada. Así fue cómo encontró el Sombra a su perra, un cachorro sin raza definida que alguien abandonó —equivocándose— donde no duraría mucho. 

         Se le veía desaparecer por el camino del bosque cada noche. Alto, enjuto, desgarbado. Los menos afirmaban que había levantado una cabaña con sus manos en un lugar recóndito, los más creían que se acostaba en cualquier parte, como un animal, y que su perra dormía encima para darle calor. Era difícil conciliar las versiones, porque nadie pudo aportar nunca prueba alguna de su opinión. De ahí que de vez en cuando surgieran nuevas teorías, como la de la cueva prehistórica que había descubierto en la que nunca antes, desde tiempos antiguos, se había entrado. Muchos chicos del pueblo en alguna ocasión quisieron seguirle para resolver la incógnita, pero nadie lo consiguió, porque la perra los olía enseguida y no cesaba de ladrar, amenazadora, hasta que se daban la vuelta y regresaban a sus casas, donde el hogar chisporroteaba y el televisor seguía encendido.

         Qué mala jugada contra la imaginación colectiva hubiera sido la inexistencia en el pueblo de alguien como el Sombra. Si su habitáculo nocturno da para tantas hipótesis, las razones que le condujeron a tal apartamiento social establecen el catálogo de todos los recelos. Quien de vez en cuando visita a las chicas del bar en la carretera, con temor a un día ser descubierto, apuesta por el abandono de una mujer y la imposibilidad de seguir teniendo una vida normal sin ella. El que no declara los sueldos que paga a los temporeros se inclina por un pasado de forajido de la ley. Los hay que, por no haber podido tener descendencia, agrandan el sufrimiento debido a la pérdida de un hijo de tierna edad. Las hipótesis se multiplican conforme al número de vecinos que participen en la tertulia. El Sombra es el catalizador de todos los pensamientos ocultos en la villa.

         Lo cierto es que el personaje y su perra se pasean por las calles y plazas durante el día sin establecer conversaciones con nadie. Aunque cuando una mujer se acerca para entregarles un bocadillo o una sucia botella de agua mineral rellenada con agua del grifo, el Sombra lo agradece con palabras amables y simpatía. También aquí ha prendido la polémica. Hay quien defiende que habla un dialecto antiguo ya desaparecido, pero por lo general se le adscribe un origen extranjero, sin consenso sobre la especificidad de su extranjería. Lo que pronuncia al agradecer la comida que se le entrega no siempre se aclara, pero nadie queda sin entenderlo. Es como si al hablar no dijera palabras sino solo ideas, desnudas, sin concreción de vocabulario. Como el lenguaje en el que se comunica con la perra. No necesita explicaciones para que el animal entienda a la perfección lo que el hombre quiere que haga. Un gesto basta para que lo cumpla al dedillo.

El Sombra reúne en su figura cuanto se abomina —la pobreza, la soledad, la incertidumbre— y todo lo que se anhela —el no tener que dar cuenta a nadie, ni al Estado ni a la familia ni a los conocidos, de todo lo que uno haga, es decir, la libertad absoluta—. Al mismo tiempo villano y héroe, nadie reconoce que lo admira, claro, pero tampoco debe de ser mucho el desprecio cuando despierta tantas inquietudes y concentra tantas cavilaciones sobre cualquier aspecto relativo a su persona. Incluso su abrigo, en el que si unos ven un antiguo y prestigioso modelo de clase alta, otros identifican por detrás un vestuario militar de alto rango. Y aunque las explicaciones parecen antagónicas, todos coinciden en que hubo alguna vez una drástica caída desde las alturas. Es precisamente ese súbito desplome el origen y justificación de las especulaciones.

Hace años que el Sombra ya ni siquiera es una sombra en el pueblo. La vida está en manos de una nueva generación de vecinos que, si se cruzaron con él, ya ni lo recuerdan. Y si uno lo evoca en algún momento, como yo ahora, tampoco sabe exactamente a qué atenerse. Si fue esto o fue lo otro. Y prefiere cambiar de tema. Lo que no voy a hacer yo ahora. Era difícil seguirle, ya lo he explicado antes, pero en cierta ocasión, una tarde rara en la que me dio por perderme en el bosque, me crucé en un sendero con él y con su perra. Que no me ladró en absoluto. Me saludó con una sonrisa abierta y yo me acerqué a acariciar a la perra, lo que ambos agradecieron. El Sombra llevaba en la mano un palo largo y recio, en cuyo extremo advertí un grumo de barro húmedo. Había estado lloviendo esa semana y el terreno estaba tierno en todas partes. Me quedé con la mosca detrás de la oreja. Seguí un buen rato las huellas que venían dejando, que me condujeron a un claro. Hierbas altas lo poblaban casi por completo, menos en un extremo, donde advertí un pequeño círculo donde la vegetación estaba aplastada. No pensé que hubieran pernoctado ahí, claro, porque es donde suelen dormir los ciervos. Pero me acerqué, y entre la maleza aplanada descubrí unas palabras escritas en el barro con la punta de un palo. Me costó descifrarlas, pero mi curiosidad fue mayor que mi impaciencia y al final desvelé su intrincada caligrafía: «dios de los ciervos, protege su miedo». Nunca he averiguado qué significa, pero le sigo dando vueltas.