miércoles, 14 de octubre de 2026

LA ESPERA



Me he quedado en el sitio donde me dejaste

para que me encuentres de nuevo

KATERINA GOGOU


Cuando el giro de la ruleta pierde impulso, la bola abandona el cilindro donde rodaba en sentido opuesto y empieza a bailar saltando de una de las treinta y seis casillas a otra cualquiera y luego a otra hasta que se detiene, ya sin fuerzas para proseguir su danza, en un hueco cuyo color y número es el que gana la apuesta. La primera vez que alguien me llevó a un casino, en la jugada siguiente perdí lo que llevaba apostando por el mismo número que había salido en la anterior. No he vuelto nunca más. Creo que la suerte funciona con una lógica diferente a la mía. Con la que tampoco nunca he ganado nada, por cierto.

         Viví en una ocasión muy enamorada. No importa confesarlo aquí. Es como ocurrió, no me lo estoy inventando. Aunque es verdad que hablar del pasado obliga, en cierto modo, a una labor de restauración. Y es que nadie se acuerda de cómo se desarrollaron en verdad los acontecimientos, la memoria los va modelando para que cuadren unos con otros. Aunque en la vida haya ocurrido todo sin orden ni concierto, contarlo exige algo más de claridad. Tal vez por eso tengan tanto arraigo los juegos de azar. Se decide, se pone todo encima de la mesa, la emoción gira como las aspas de un helicóptero antes de despegar, y la resolución alcanza de inmediato el ánimo con su dictamen. Tal como deberían ser también los hechos.

         A lo que me refiero ocurrió hace mucho tiempo, pero después solo ha pasado el tiempo, que es como el cauce de un río, va marchándose sin necesidad de que se sepa que se va. No voy a referirme a las barbaridades que hicimos aquellos días que, focos de un auto encarados en un camino estrecho, me deslumbraron sin dejarme espacio alrededor. No sé si hemos venido al mundo para vivir experiencias así. Eso lo digo ahora, después de que la bola se detuviera en la casilla y la ruleta no empezara a girar nunca más. Entonces creía, muy al contrario, que aquel vértigo diario era la esencia misma del vivir. Enloquecí como medida adecuada para comprender aquella locura.

         No es que viviéramos al día, es que el día no mudaba. Aunque tal vez mejor es que escriba «la noche», porque las horas diurnas las aprovechaba sobre todo para descansar un poco. Nada de lo que ocurrió lo consigo ordenar para explicarlo. La confusión era el argumento principal de la armonía con la que se desarrollaban los hechos alrededor de la intensa vivencia amorosa. Tanto que, si he de ser sincera, cuando me refiero a esa época nunca sé si narro sucesos o simples delirios oníricos. Los relatos suelen empezar con el verbo conocer. Pero creo que no existió nunca ese inicio. No puedo decir «lo conocí en un bar, o en tal calle, o en un concierto». Si ese verbo fuera una exigencia, solo podría añadir un lugar: «en una cama». Pero dudo que sepa luego cómo convertir la frase en convincente.

         Eso sí, aunque no durase mucho, como el giro de la bola en la ruleta, mientras duró fue eterno. Quiero decir, ya sin exagerar, que era desde entonces para siempre. Que había encontrado el amor de mi vida, esa porción de mí misma que me completa. Todo era perfecto. Y devastador. Como una obra maestra de la pintura. Como una tragedia de Shakespeare. Como un eclipse total. Aunque paseáramos de día, siempre era por la noche. Y nunca dejaba de lucir el sol. Ah, estaba enamorada. No había vivido nada parecido antes, pero ni se me ocurría pensar en una vida, a partir de aquel instante, que regresara a como transcurría antes.

         El amor era tan auténtico, viví en él una verdad tan profunda y decisiva… como solo puede ocurrir en la ficción. El día en el que me llevaron al casino, años después, descubrí el error de su mecánica: por más que insistía en ello, me explicaron que no es posible que la bola se detenga una y otra vez siempre en la misma casilla. Lo que abrazaba, como una náufraga al palo del barco que la mantiene a flote, no era madera de un cuerpo humano, sino el hierro del ancla, más pesado que el agua de una apariencia. Que acabó por sumergirse en lo más hondo de una fosa marina. Que desapareció en su inexistencia.

         Igual que el jugador recuerda los últimos saltos de la bola de la suerte alrededor del número de su apuesta antes de caer detenida en la casilla del costado, no olvido ni siquiera un detalle de aquel momento. La secuencia fue así. Me condujo a un café donde no habíamos entrado nunca. Bromeó con el camarero, al que parecía conocer de antes. Me besó, como solía hacer, sin atender a lo propicio del lugar. Me dejé besar, como me gustaba hacer siempre, fuera donde fuese. Sus ojos brillaban, como cada día, y su conversación era un cilindro con un mecanismo debajo de la mesa que le impedía detenerse. No era un día distinto a los anteriores ni parecía que fuera a desarrollarse de un modo diferente.

         Se levantó y dijo, «ahora vuelvo». Recuerdo que, como su copa estaba a medias, bebí una primera vez de ella, mezclándola con un sorbo de la mía. Me pareció algo simbólico en la fecha que menos símbolos requería. Solo cuando la tardanza en regresar resultó más larga que cualquier actividad que se viera obligado a realizar, vi que, sin darme cuenta, se había llevado la chaqueta que, al llegar, dejó colgada en el respaldo de su silla. También las gafas de sol que había colocado en un lateral. No quedaba nada de su regreso en la mesa. No supe verlo. Esperé aún una hora. Dos quizá. Tal vez fueran tres. Al levantarme, apareció el camarero con la cuenta. La pagué y después apuré hasta el fondo el líquido que había abandonado en su copa. Fue todo lo que me dejó de él.

         Ahora, cuando paso por ese café, que aún existe, saludo por su nombre al camarero. Converso con él un rato, no sé, de tonterías. Es todo cuanto puedo rescatar en lo que ocurre de lo que nunca ocurrió. Acudí cada tarde a ese café durante meses. Primero miraba la puerta, obsesiva. Luego ya aproveché para llevarme un libro y leer. Conocí a hombres que surgieron de la ausencia para ocupar su lugar, y es posible que alguno lo consiguiera. No lo recuerdo bien. El tiempo se fue calmando. Me corté el pelo, drásticamente. Y un día me encaminé, de manera natural, hacia otro café. Aunque a este vuelvo de vez en cuando. Y si alguien me invita otra vez al casino, volveré a apostar por el número que haya salido en la jugada anterior.        


miércoles, 30 de septiembre de 2026

LABERINTO



Me anticipa por todas partes

la huella de mi ausencia

DINU FLAMAND

La niebla, como un cubo de agua sucia volcado sobre el pavimento, arruina la claridad del día. No hacen más que quejarse mis amigas, con las que salgo a pasear las mañanas de domingo. Bajo el vestido llevan el bañador puesto, con un recambio y una toalla en el bolso. Les gusta caminar hasta el paseo marítimo y luego darse un baño antes de regresar para la comida familiar, que en ninguna de nuestras casas se perdona. Pero los planes quedan afeados hoy por la bruma. En voz baja me atrevo a sugerir que, si no se puede ir a la playa, tal vez podríamos tomar el camino inverso y subir hasta la ladera del parque donde hay un laberinto. «Ya está la agorera —me dicen—, hay que tener fe en que cuando lleguemos al mar ya se habrá impuesto el sol». «¿A que no te has puesto el bañador?», me preguntan. «Con el día que hace», les respondo. «Desmoralizas al más eufórico», me espetan en la cara mis amigas. Ir hasta la playa cada domingo me aburre, la compañía tampoco me motiva, solo la niebla, de repente, despierta el ápice de una ilusión en mi interior.

         No sé cuándo empecé a distanciarme de mis amigas, con las que salgo desde que éramos unas crías. Recuerdo que una vez, al regresar de una excursión escolar, la profesora, que había contado cuántas éramos mientras subíamos al autocar, una vez arriba, volvió a recorrer el pasillo de una punta a otra hasta en dos ocasiones numerándonos de nuevo cada vez. El conductor se impacientaba, pero la profesora no le daba permiso para salir. Pasó lista y la lista le cuadró con los «presentes» que las alumnas iban diciendo al oír sus nombres. Yo me mantuve callada, porque se saltó nombrarme. Así que volvió a recorrer el autocar contando, esta vez en voz alta, para no descontarse, y tocando en cada número la cabeza de cada una de nosotras. Pero al acabar, tampoco le dio permiso al conductor para arrancar. «¿Pasa algo, falta alguna?», preguntó. «No, al contrario, me sobra una, dijo descorazonada la responsable del viaje». «Bueno, entonces no hay ningún problema, nos vamos», repuso el hombre, pragmático. Y arrancó. Aún se debe de preguntar la profe de historia qué pasó aquel día en el que yo estuve presente y ausente al mismo tiempo.

         Lejos de considerar la niebla como una traición al espíritu dominical, según especulan mis amigas, a mí me parece de lo más oportuna. Incluso simbólica. Que corte los edificios por su base, anulando sus excesos en la altura, lo creo un acierto urbanístico. Que anule por completo el paisaje de montaña que constriñe la ciudad, le devuelve amplitud y horizonte. Aunque no se vea, ahora sí se puede soñar. Y mientras crece mi entusiasmo, en mis amigas aumenta el malhumor. Cuando intento razonar alguna de las impresiones que tengo, una clama, cortando de raíz mis argumentos: «¡Pero si no se ve nada de lo que existe!». Y enseguida entiendo que detestan aquello que a mí me encanta. Descubro en la niebla, sin darme cuenta, un espejo donde comprenderme. Igual que ocurre con la niebla, siento que no se percibe mi presencia, como si un manto perpetuo me recubriera cuando estoy con los demás. A veces es solo verbal, nada de lo que me gusta coincide con las apetencias del resto, siempre opino lo contrario de lo que debería decir para que mi parecer existiera en la suma con las demás, y no restara, como ahora, cuando todas se empeñan en continuar hacia la playa mientras suspiro por ir al parque.  Pero en otras ocasiones es también real, continúan a buen ritmo avenida adelante, aunque me haya detenido a observar cómo evoluciona entre dos edificios una masa compacta de aire oscuro, y cuando me quiero dar cuenta ya solo me veo desaparecer de sus miradas, que tampoco se dan la vuelta para buscarme.

         En un antiguo almacén del colegio de chicos, dos calles por encima del nuestro, los curas habían organizado un baile. Enviaban al más joven y torpe de los novicios a vigilar. Se quedaba como una estatua en una esquina, sudando bajo los hábitos, y a mí me daba mucha penita porque parecía que estuviera castigado cara a la pared. Aunque mirara hacia la sala, más oscura de lo permisible, a distancia se veía que tenía los ojos en el cogote. Nunca le vi censurar un beso o una inexistente distancia entre dos cuerpos en los lentos, nada de todo aquello que justificaba su presencia. Cómo simpatizaba con el vigilante. Estaba sin estar, como yo, a quien nunca se acercaba ningún chico para pedirme que bailara. Durante los lentos bebía mi naranjada sentada en un peldaño de la escalera y contemplaba con admiración el humo de los cigarrillos que también estaba prohibido que se fumaran. No sé si ahí nació mi afición a la niebla. Quizá. Un día me acerqué al novicio de turno, haciéndome la tonta. Tropecé con él a propósito, aunque disimulándolo, y le pedí perdón. Me sonrió mirando al más allá. Traté de explicarle que yo no quería, que había trastabillado, que me aburría como él. Y a todo sonreía en silencio sin bajar la mirada del anclaje que tenía en algún rincón del techo.

No sé por qué me acuerdo con tanta frecuencia de mis avatares de niña tonta adolescente. Ahora que mis amigas de toda la vida ni siquiera se dan cuenta de que me han abandonado. No lo pienso dos veces. Me cuelo en el metro y aunque tenga que hacer dos transbordos, me dirijo sin haberlo decidido al parque. Antiguo jardín de una finca de adinerados, en el centro hay un laberinto dibujado con setos. Es a donde quería ir sin atreverme a quererlo y, sorprendentemente, aquí estoy, en una de sus calles sin salida. Las paredes de ciprés son más altas que yo y la niebla descansa sobre ellas como la techumbre de una cabaña que me da albergue. Camino despacio por los engañosos pasillos del laberinto mientras a mi lado pasan corriendo niñas y niños. Chillan nerviosos mientras anhelan una salida con la que, ávidos por encontrarla, se topan antes de lo que en verdad desean. Contemplo la misma desazón por hallar lo que esperan no descubrir nunca que ha caracterizado los días de mi vida. Ahora, sin embargo, avanzo reconciliada con los caminos que no llevan a ninguna parte, curtida ya en el arte de no esperar nada de mi presencia.


lunes, 14 de septiembre de 2026

DEIXIS


Una disminución drástica

de pronombres en las primeras semanas de matrimonio

Verónica Forrest-Thomson 

Del noviazgo ya traía amputado uno. Doloroso. Aunque había sido yo misma quien le di un tirón con las pinzas de las cejas y lo extirpé. Por precaución. No hay errores mayores que los dictados por la cautela, y así el pronombre en tercera persona del singular, masculino, desapareció de mi vocabulario. Ahora, con qué naturalidad reaparece. Durante un tiempo, cuando lo usaba con la misma frecuencia que ahora, en realidad tenía dos. Parecían iguales, pero los distinguía a la perfección. Disfrutaba con el primero, un él nocturno, eventual, siempre dándome sorpresas. Incompatible con un cauce que recorre los campos y los fertiliza, aunque favorece la construcción de ciudades para que en sus márgenes haya paseos arbolados por donde se pueda pasear al atardecer sin más, solo para contemplar el oro efímero del momento. Que era lo que hacía con él. A veces en mitad de un tema, los apuntes extendidos sobre la mesa, el calendario despeñándose desde el acantilado sobre la fecha del examen. Y en aquel momento, tras semanas de silencio, sonaba el teléfono del piso, mis compañeras se peleaban por cogerlo mientras yo rezaba: no, no, no. Pero sonaba en el pasillo mi nombre con tonillo de reproche y no me equivocaba. Era él. Apagaba el flexo y ahí se quedaban los folios, a oscuras; y yo, llena de luz.

         Este era el él que decidí enterrar tras arrancármelo. Me quedé con el otro él. El que llamaba a horas convenidas, perseveraba día a día, me animaba antes de los exámenes difíciles y al día siguiente me invitaba al cine. Y un día, al salir, después de celebrar que se habían publicado las notas del último examen de la carrera, me propuso que nos casáramos. En esta ocasión, he de reconocer que fue el él que me desconcertó. Murmuré que, si quería, también podíamos irnos a vivir juntos, que no era necesario nada más suntuoso. Entonces fue cuando me habló de ellos. Su familia. Tan tradicionales, tan piadosos. Ahí fue cuando decidí, ya que había dejado que decidieran todo por mí, prescindir del primer él, el imprevisible. Y en el mismo dictamen vi que también desaparecía el segundo. Al principio pensé que era más seguro para mí evitar confusiones en voz alta entre uno y otro. No fuera a aparecer alguna noche de luna el primer pronombre y lo prefiriera al segundo. Qué ingenua era. Supongo que lo propio de una recién casada. Sin que me diera cuenta, al poco ya había incorporado como lo más natural del mundo el pronombre que sustituye a los dos cercenados: tú.

         Hasta llegué a celebrarlo con sinceridad en mi conciencia. No propiamente por la novedad, sino por el hecho de que apareciera de repente. Con este movimiento gramatical se abría una puerta desconocida en las expectativas. El tú la había cruzado con solvencia, pero detrás seguro que aparecían otros. Existía uno que me despertaba una especial ilusión, el nosotros. Lo esperaba con ansia: una viajera en el andén con la maleta apretada entre las manos tensas cuando el reloj señala la hora de paso del expreso. Y mientras lo aguardaba, también creía que pudieran llegar más, así por sorpresa, al andén de mi vida. Como, ya puestos, vosotros. Es decir, diferentes nosotros incorporados al círculo esencial, amigos también casados con quienes mantener conversaciones cómplices sobre hipotecas, días de vacaciones y procesos de fertilidad. Me hacía ilusión que esos vosotros entraran por la puerta del matrimonio en nuestro nosotros y lo hicieran crecer. Qué ingenua fui. Miraba con ansiedad hacia el túnel de la estación y ningún farol lejano rasgaba su oscuridad. No hubo ningún nuevo vosotros. Tampoco el nosotros llegaba, solo se prolongaron las sesiones de cine a media tarde, con películas cada vez más ñoñas que elegía el único pronombre que había sometido, como rey absoluto, al resto de la declinación. Me fui quedando cada día más evanescente alrededor del tú.

         Digo alrededor con candidez. Antes como aspiración a alcanzar una unidad superior, que me acogiera también a mí, que como reproche. Recién casada, todo se vive con ilusión. No tanto por la realidad cotidiana, que resultaba bastante más aburrida que los días en el piso de estudiantes, sino por el empeño en la construcción de aquella promesa implícita de un nosotros rutilante. Eso sí me emocionaba. Me esforzaba en que todo fuera perfecto en nuestra nueva vida. Incluso, diría sin arrobo, maravilloso. Qué altruista resulta el idioma en materia de espejismos y qué pobre en matices pronominales. Ni sé el tiempo, los años, que continué en el andén, a la espera de aquel tren anunciado por la megafonía. Al principio de pie, con la maleta sujeta en alto, para no perder tiempo cuando llegara. Luego ya me senté, con la maleta al principio pegada a mi cuerpo, muy cerca, por si acaso. Pero ante el constante paso de la nada, la fui alejando por si me molestaba para fumar algún cigarrillo ocasional. Echaba de menos el pronombre tachado. Y acabé por tumbarla en el banco para que me sirviera como almohada si me tendía a dormir. Derrotada en la estación del tú.      

         Tardé en despertar. Y despierta, aún dilaté más el averiguar qué me sucedía. En realidad, no resultaba una tarea sencilla. Si se extravía la llave del coche, el coche sigue ahí, aparcado donde siempre, pero no se puede usar pese a que el coche esté a la vista y a la espera. Lo mismo le ocurrió a la persona que era. Se quedó sin pronombre. Si se miraba al espejo, el espejo le devolvía una imagen correcta y completa; aunque, ¿cómo usarla si se desconoce el código que la activa? No fue fácil reconocer que había perdido la llave y aún más complicado, encontrarla. Igual que haría la dueña, busqué la llave del coche en todos los bolsillos, cajones, bolsos, miré en el interior de los jarrones, detrás de los libros en la estantería, encima de los armarios, debajo de las alfombras, dentro del buzón. Nada. Cuanto más excedida la búsqueda, más ausente la llave. Ya la daba por perdida cuando me dio por mirar a través de la ventanilla dentro del automóvil y allí la vi, en su sitio, colgando. Ocurrió en la calle, un día, de repente me crucé con él. El primero, claro; con el segundo de los dos desaparecidos dormía cada noche y sus ronquidos nocturnos acaparaban los bolsillos, cajones, bolsos… de mi vida. Nos reconocimos enseguida. Yo le llamé por su nombre, pero él prefirió ser infinitamente más explícito. Y fue quien me señaló la ventanilla del coche aparcado para que mirara. Dibujó en su rostro una sonrisa capaz de iluminar un campo entero de agricultura extensiva y no pronunció mi nombre, que quizá había olvidado, pero con su grito inaugural me devolvió por entero a mí misma. ¡Tú!, clamó, y en ese instante supe que él había vuelto a nacer en mi vocabulario y yo había vuelto a ser yo. 

lunes, 31 de agosto de 2026

PARÁBOLA DEL MAL SAMARITANO



Me entrego solo a aquello que destruyo

Pierre Emmanuel

  

Así como lo veo yo, la cuestión es la siguiente. El caminante avanza por un sendero invernal. A cada paso que da, la hojarasca crepita bajo las botas. Lleva buen ritmo. El fragor que provoca anula el resto de sonidos del bosque, pero no le importa desatender el canto de algún pájaro que tampoco es capaz de identificar. Lo único que persigue es mantener la cadencia de la marcha. No quedarse por detrás de su determinación. Al atravesar un claro, en cierto punto, descubre a lo lejos la figura de otro viajero, pero no está erguido, como él, sino tumbado sobre la hierba que crece en un poco pronunciado talud. Se ha colocado la mochila bajo la cabeza, a modo de almohada y los ojos cerrados parecen indicar que está dormido. Si el caminante continúa su marcha, es muy posible que despierte a quien aprovecha el silencio para descansar. Pero no me corresponde a mí tomar esa decisión de continuar o de emprender un rodeo a través del bosque para no producir ninguna molestia. Yo soy, en este ejemplo, siempre quien está durmiendo, mi compromiso se limita a continuar así de ignorante o a despertar.

         No puedes acusarme de incumplir mis promesas si de repente me desvelo y al abrir los ojos con mi gesto afeo el alboroto que montan tus botas al caminar. En una pareja, siempre hay uno de los dos que perturba y otro que duerme plácidamente. Si este no se despabila, la perturbación tampoco existe. Si el caminante decide no modificar su ruta y atraviesa por delante de quien dormita sin que el otro se alerte, es lo mismo que si no hubiera pasado nunca por ahí. A su hora, abrirá un ojo, luego, el otro y se dirá a sí mismo «necesitaba este descanso». Alzará la mochila hasta su espalda y reanudará su vida en el mismo punto donde la había dejado al sentirse agotado. Tal vez incluso beba unos sorbos de la cantimplora y al sentir un ligero apetito apriete con una mano la bolsa donde guarda un bocadillo como vitualla. Que se lo zampe o no en ese instante resulta indiferente para el caso que estamos analizando. Si fuera yo quien soy, el recién espabilado, puedes estar segura de que no me hubiera levantado del talud hasta no dar cuenta de las provisiones. De todas las provisiones. Para con ellas tomar fuerzas y alcanzarte. ¿Y qué hubiera pasado entonces?, pues nada. Nada de nada. ¿O sí? Te abrazaría.

         Es como yo lo veo, un ir acercándonos; sin embargo, tal como tú explicas las situaciones, en cualquiera de los dos casos, la distancia entre tu itinerario y el mío aumenta sin cesar. No me habrían alertado tus pasos ni me hubieran causado ninguna molestia, pero en lugar de sentarte a esperar que me despertara por mí mismo, has seguido caminando y no solo estás ya lejos de mí, sino lo que es peor, sigues alejándote en cada conversación que mantenemos. Es posible que tus pasos no levantasen ningún rumor sobre las hojas secas, taimada como eres en todas tus maniobras, pero eso no quiere decir que no pasaras por delante de mi sueño y trataras de no desvelarlo, quizá avanzando de puntillas. El engaño sería entonces más patente, por oculto. Y más doloroso si en ese instante lo descubriera. Y al abrir un ojo, como quien no quiere asistir a ninguna prueba con las que nos examina la vida de pareja, de repente te viera caminar entrelazada con alguien que no soy yo, acaramelados los dos, queriéndoos entregar el uno al otro en cada uno de los gestos que os regaláis. Los dos muy juntos, buscando un recodo del camino, pero no para dar un rodeo, sino para esconderos de mí. Y si eso ocurriera así, ¿qué despertar sería el mío? ¿Cómo podría continuar el camino, después, que recorremos juntos?

         Bueno, no es más que simple un ejemplo. Los ejemplos no son una crónica, no se construyen con datos reales, sino solo con parábolas. Es hablar por entendernos mejor así, metafóricamente. Qué más da quién haya sido infiel con quién. Quién ha perturbado el descanso de quién. No pongamos nombres a los personajes. Veamos solo cómo se comportan. Ya sé que el desleal he sido yo. Pero tú eres quien no admite que levanta un ruido infernal por el camino cuando avanza, la que se queja en todo momento de mi comportamiento inadecuado. Ya lo he admitido. Ahora descanso sobre un pequeño talud de la vía que compartimos y por eso soy yo el durmiente. Y tú la que me despierta una y otra vez, atravesando por la senda con tacones de bailadora sobre una plataforma de madera. Por eso, cuando te acercas a mí, que descanso tumbado sobre la hierba, deberías aplicarte el cuento, el cuento original, y abandonar la pista de hojarasca y en silencio dar un rodeo sobre todo lo que ocurrió y el que tus malas artes descubrieran que me había echado a dormir en nuestra relación, y sin levantar la voz aparecieras al otro lado, justo cuando yo emprendía de nuevo el camino, para así juntarnos de nuevo y seguir como siempre, de la mano, sin alharacas, los dos hacia delante, reconstruyendo al unísono aquello tan valioso que estaba sobre la mesa y una corriente de aire ha empujado hasta el borde y ha dejado caer al suelo, sin que se rompa nada, ni un solo añico, solo si tú eres capaz, claro, de no despertarte mientras cruzo por delante, aunque crepiten mis pasos. 

viernes, 14 de agosto de 2026

POÉTICA DEL PARQUE


los árboles son ángeles

Menna Elfyn

A veces veo cómo abandona el parque un niño que llora. Levanta los guijarros con la punta del pie que se niega a caminar mientras la madre lo arrastra por el sendero. Aún el anochecer ni siquiera se ha insinuado y no entiende que ya sea la hora de irse. Contrariedad que comprendo bien, porque tampoco es para mí la hora de llegar. Sin embargo, estoy sentada en un banco del paseo central y lo veo pasar por delante de mis piernas cruzadas, sin medias. Al poco se marchan, en grupo, las niñas y los niños que jugaban con el que se ha ido a rastras. Los acompañantes pasan primero, sumidos en arduas conversaciones de adultos, como un rebaño que pastorean, por detrás, los pequeños. Brotan de la nada, más tarde, los adolescentes. En grupitos dispersos de chicos solos, silenciosos, como enfadados unos con otros, y, entre estos, dos o tres muchachas que caminan muy juntas, riéndose en exceso y dándose codazos. Los chicos me dan igual, pero a ellas me quedo mirándolas hasta que desaparecen pasados los columpios. En sus mejillas encendidas luce una promesa que hace tiempo he perdido y, sin embargo, no añoro. No es posible ya regresar a la ignorancia.

         Viví enamorada una época, lo confieso. Creo que me precipité. Es algo que nadie explica en su momento y hay que aprenderlo desde el suelo, cuando ya se ha tropezado. Pude limitarme a como era al principio. Ir al cine, al centro comercial y, al caer la tarde, dirigirnos hacia el parque y permitir que acariciara mi mano con la suya. También observo cómo pasean por aquí las parejitas más jóvenes, siempre sonrientes. No saben muy bien qué contarse, y no se me escapa que lo poco que hablan se lo van repitiendo entre los dos como una salmodia. Es el cuerpo quien habla por ellos desde las distancias, reducidas a lo milimétrico, pero siempre presentes. Qué gracia tienen estos noviazgos primerizos, que anhelan, como yo, la discreta umbría del parque. Se miran a los ojos sin cansarse y su quietud, respetuosa y tan estudiada, entrega el protagonismo a sus cuerpos, que son los que hablan por ellos. Tampoco necesito charlar con mis amantes fortuitos, cuando llegue la medianoche y haga mucho rato que los enamorados se han ido. De nuestro encuentro solo emana un silencio que con cada gesto se hace más profundo.

         No sé si voy a tener paciencia para permanecer sentada en este banco hasta entonces, viendo pasar, según las horas, los habitantes del parque que también he sido. A la hora de estar en casa para la cena, con la primera oscuridad, me levantaré y saldré a las calles. En esta zona hay un bar tras otro, ni siquiera es necesario decidir, el azar mueve los hilos siempre con precisión. Estuve enamorada durante años. Fue el peldaño siguiente, cuando ya dejamos de venir al parque porque disponíamos de piso propio. Así lo contemplé entonces. No me di cuenta de la contradicción de haber llegado al final de la escalera justo cuando empezaba a subirla. No advertirlo aumentó la catástrofe. La vida es mucho más larga que el amor, al menos en mi experiencia, pero nadie me lo había advertido.

         El parque está dividido en tres zonas. En la primera aprendí a caminar, sobre la gravilla del paseo central, primero, y después correteando por los parterres de una hierba que acogía con dulzura mis tropezones. Es lo que me han contado en casa, tantas veces que hasta tengo la impresión de que me acuerdo. Y en el pensamiento me lo sigo repitiendo cada vez que entro, ahora que es posible que ya sepa caminar, pero no descarto ningún tipo de tropezón. Me digo a mí misma: aquí diste los primeros pasos. Posiblemente ocurriera el primer llanto tras caerme de morros contra la hierba, por blandita que fuera. Más tarde entregué, y recibí, los primeros besos. Y a partir de entonces, ni sé cuántas vivencias más se inauguraron en el parque. Después aparece la zona de juegos infantiles y la plaza central, que cada tarde se convertía en el campo de fútbol de los niños, y aún sigue así, resulta complicado atravesarla sin recibir un balonazo. Las niñas preferíamos la tercera zona, en la parte superior, una umbría casi boscosa con senderos más estrechos y bancos perdidos. Allí empezamos a jugar a papás y mamás, entonces sin papás, que estaban dándole patadas a un balón, y ahora es como si continuara el mismo juego y de idéntica forma, pues de ellos solo comparecen sus sombras.

         Me perdí en la zona de umbría en el parque una noche aciaga. Dolida por el feo que me acababa de hacer la vida. Ni siquiera creo que fuera culpa del joven del que me había enamorado. Sin duda entendió mejor que yo la teoría de los escalones, y habiendo subido el primero, la escalera sin un segundo peldaño se le hacía corta. Y se fue hacia lo desconocido, y yo, desazonada, me vine al parque. No sentí miedo. Era donde prefería ocultarme cuando juagaba de pequeña al escondite. Y más tarde, donde ensayaba maneras de dejarme besar. Fue una noche de marzo, aún hacía frío. Se me acercó un tipo, tal vez algo mayor que yo. No sentí ni un ápice de miedo. Recuerdo que me hablaba con una ternura extraña para el contenido de sus palabras. Le seguí sin más hasta la zona más boscosa. Me acarició como si estuviera acostumbrado a hacerlo cada noche. Enseguida me di cuenta de que había cometido el error de vestirme con pantalones. No me importó quitármelos. Los había dejado caer al suelo, pero se agachó, los recogió y tras doblarlos los dejó con delicadeza sobre el respaldo de un banco próximo. Esa noche nos escondimos entre los troncos de dos árboles muy juntos. Siempre que puedo regreso a ese mismo lugar, acompañada por una sombra diferente en cada ocasión, cierro los ojos y los árboles de alrededor se convierten en los ángeles de la ausencia de mí misma en todo cuanto emprendo. 

viernes, 31 de julio de 2026

BALADA DEL MAQUINISTA DE CERCANÍAS



En el ascensor pienso en la hacienda,

en la hacienda pienso en el ascensor.

Carlos Drummond de Andrade


Hubiera quedado mejor empezar diciendo que iba enfundado en el uniforme ferroviario, pero lo cierto es que caminaba vestido de cualquier manera, con unos tejanos sucios y una camisa elegida para concurrir al campeonato mundial de lo anodino. Sabía que era el maquinista porque lo había visto dos veces salir de la cabina, en la cabecera del tren, pasar por delante de mí sin mirarme, detenerse en el baño y entrar a continuación en el otro extremo unos minutos antes de que el cercanías volviera a irse. La tercera vez que lo veo recorrer el andén, no solo me mira, sino que se acerca a mí, señala una pegatina de un concierto glorioso que luce en mi maleta desde que era adolescente, y me dice: «No voy a negar que cuando veo a alguien correr desde las taquillas y llega mi hora, no me importa darle con las puertas en las narices, hasta le dedico una sonrisa por el retrovisor, pero lo que nunca me había ocurrido aún era que alguien perdiera el tren dos veces, y no le importara perderlo una tercera, ¿o es que no confías en que alguien que también estuvo en el concierto de los Smith pueda encaminarte a tu destino?». «En el andén tampoco se está tan mal. Se vive aireada», le respondo, por decir algo. Y también le sonrío, como si hubiera presionado la palanca de cerrar las puertas y le hubiera dejado al maquinista con la nariz atrapada entre las gomas. 

No sé si es la cita de los Smith o el aburrimiento de mí misma lo que me impulsa a levantarme del banco corrido de la estación cuando me invita, con gesto de niño haciendo una diablura, a que viaje con él en la cabina de conducción. Propuesta que es como si entendiera, pero no comprendiese, porque me levanto y arrastro la maleta por inercia detrás de él, que saca una llave muy extraña del bolsillo y abre una portezuela por donde nunca entran viajeros. En el interior, de repente despierto de un sueño aburrido dentro de otro más vistoso. «Tendrás que ir sentada aquí. No es cómodo, pero resulta entretenido, ya verás». A través del parabrisas, delante, solo consigo ver la vía, de momento quieta, por la parte más o menos limpia, el resto del cristal echa de menos un buen enjabonado. El cuadro de mandos, debajo, también me llama la atención, lleno de relojes y de botones. Los miro como una tonta y en eso creo que me convierto: «¿Dónde está el volante?». Su risotada casi me asusta. «Es lo único que no hago, girar; para eso están las vías». Y me quedo pensando si no me estará dando el maquinista sin gusto por las camisas una súbita lección de vida. 

A la hora, cinco trenes después del que tenía previsto coger para ir a la casa de mi madre, el maquinista inserta una llave y se encienden luces y lucecitas por todas partes, acciona una palanca y el tren empieza a moverse solo, sin siquiera arrancar un motor, y enseguida a coger velocidad. Me explica cómo funciona la línea. Se la reparten dos unidades, salen de los extremos y se cruzan a medio camino. Le pregunto si no está muy harto de pasar por las mismas paradas tantas veces y, astuto, me responde que es un poco más entretenido que pasar sentada la jornada en el mismo andén. «Touché», me digo, sin pronunciarlo. Y sin haberlo pensado, ni siquiera haber tomado la decisión de hacerlo, empiezo a contarle que a lo más que he llegado en mi vida laboral es a alquilar un apartamento minúsculo en la ciudad. Casi un estuche: recibidor, estudio, comedor y cocina en un cuadrilátero, una habitación donde solo cabe la cama y una mesita y baño unipersonal. Se ríe: «Como todos los baños».  Sonrío: «Depende».

¿Por qué empiezo a explicarle cómo me siento en el interior del cubil donde vivo si solo mirar su camisa ya me deprime? Tal vez lo haga, ahora que caigo, porque no me mira hablarle. Solo tiene ojos para la vía y eso de repente me relaja. Como cuando me confesaba de niña; no me costaba hacerlo porque le hablaba a una celosía. No sé de dónde viene esa afición a decirme cosas a mí misma delante de un desconocido. ¿Será que nunca me he acostumbrado a vivir sola? Me vine a la ciudad por salir corriendo de casa de mis padres, y nunca he sido capaz de celebrar aquella victoria personal. Se me caen las paredes encima. Hablo sola. Como ahora, pienso, pero no lo expreso. Me muero de miedo a cualquier hora. Soy un chollo para mis compis, que les cubro todas las necesidades de horario que les surjan, cualquier día en cualquier franja. Con tal de no volver a mi pisito, no ficharía nunca de salida. Vuelve a reírse, no de lo que digo, sino de su chiste: «¿Sabes qué? Voy a enseñarte a conducir el tren para cuando me dé pereza madrugar». De nuevo sonrío: «No es mala idea, esto es más distraído que el supermercado». 

Mis padres solo me sugerían que pasara con ellos los festivos de Navidad. Luego falleció padre. «Lo siento», dice, cortés. «Gracias», le sonrío. Pero mi madre insiste para que vaya en vacaciones, y cuando voy, que vuelva algún fin de semana, y ahora ya me pide que vaya todos los fines de semana que libro. Como este. «Que estabas dispuesta a pasar en el andén», remata. Y yo, como una tonta, me justifico. Es que mi madre me agobia. Por aquí, por allá, siempre pendiente de mí. De que hagamos cosas, de que vea la tele con ella. Yo qué sé. Y pasan las horas y descubro que he perdido el fin de semana a lo tonto, y aunque no es diferente a lo que haría sola en la ciudad, me pongo de malhumor, le llevo la contraria, discutimos, y vuelvo al trabajo más derrotada de lo que había salido de mi apartamentito. Y en estas que llegamos al día de hoy. Me he sentado en el andén y me he cogido por la solapa, y me he dicho: «A ver, muñeca, y tú dónde quieres pasar tu preciado fin de semana, sola en casa o sola en la casa de tu madre». Como el debate era arduo, me he sentado en un banco del andén a dirimirlo. Y en esas estaba, abriéndome el pecho en canal, cuando alguien se ha fijado en la pegatina de los Smith y me ha salvado de perder el último tren. Y mi maquinista, tan despierto como lo pinto, de repente despierta: «Oye, ¿en qué parada dices que te has de bajar?». «Ya han pasado dos, pero no te preocupes, no hace falta que vuelvas atrás solo por mí, puedo bajarme cuando circulemos de regreso, que ya me he aficionado a esto y la vía que circula por el otro lado aún no la conozco». 


martes, 14 de julio de 2026

DISPUTAR UNA FINAL



Nada de lo que hacemos 

es una siembra que brote después de nosotros.

Hilde Domin

Regino ha muerto. No puedo afirmar que lo escuchara así de claro, con estas palabras, a veces las noticias se transmiten con expresiones y sobrentendidos. Además, yo era un niño entonces y nadie pronunciaba según qué cosas delante de un niño. Iba y venía de la escuela por el mismo camino a diario y al menos cuatro veces pasaba delante de su casa. Sin saberlo, claro, la suya no era nada más que una vivienda más en un recorrido que conocía tan bien como ignoraba a sus pobladores. No solo por quién habitara en cada morada, sino sobre todo qué significaba el hecho de que hubiera personas viviendo en aquel lugar y no en cualquier otro.

         Regino era el único nombre propio que conocía. Me cuesta evocarlo, porque no sé si recuerdo lo que en realidad ocurría o lo que me he ido contando a mí mismo desde entonces cuando no quería olvidarlo. De hecho, tener un nombre como punto de partida ya es hacerlo con un pie en tierra. Pero el otro pie, lo cierto es que no sé dónde está, si en el aire o enterrado. Regino vivía solo, creí siempre. Era un hombre atildado. Salía a la calle como quien va a un bautizo. O a una primera comunión. No digo a una boda, porque a las bodas va la gente disfrazada. Él solo iba de domingo, aunque fuera martes. Era delgado y hablaba sin acento, como los maestros que venían de fuera del pueblo a dar clase. Se sentaba en un banco de la plaza donde nosotros, la pandilla, íbamos de vez en cuando a jugar al escondite.

         Que acabáramos tropezando con él era de cajón. Por más vueltas que le dé, sin embargo, no consigo determinar cómo ocurrió el encuentro. Solo me recuerdo, en muchas ocasiones, sentado en el suelo, con mis compañeros, todos alrededor de Regino, el único que ocupaba el banco de la plaza. Nos hablaba desde una tribuna. No digo desde una tarima a propósito, porque los maestros se subían a una en cada clase y desde allí hablaban, como Regino, pero no contaban las mismas cosas ni tenían para nosotros el mismo interés. Con el tiempo, cuando se hizo común ver la televisión en casa y no solo en el Casino, descubrí lo que era dar un discurso desde la tribuna de las Cortes y pensé que ese exactamente era el lugar desde el que nos hablaba Regino. Sobre todo, porque aquella era la manera de explicarse, como quien da un discurso a la nación. Los maestros se quedaban en monaguillos al lado del obispo.

         Le escuchábamos encandilados. Cada frase nos abría un universo. Cada incógnita nuestra se convertía en una lección que lo aclaraba todo. Incluso cuando desconocía la respuesta a nuestras inquietudes, aprendíamos cómo buscarlas por nosotros mismos a imagen de cómo él le daba vueltas a los asuntos hasta que descubría el hilo que le conducía hasta lo que ocultaban. Se nos pasaba por alto celebrar el partidillo diario en el descampado que había detrás de la plaza, y que hoy es un supermercado y un aparcamiento. Si algo le podíamos recriminar ahora a Regino era eso, que truncó la carrera de futuros futbolistas que teníamos todos en mente. Ya no nos importaba ser los que metíamos más goles del colegio. Y mucho menos los que meteríamos cuando fuéramos profesionales. De eso nos olvidamos en cuanto le conocimos y pasó a compartir sus inquietudes con los chiquillos de pueblo que éramos.

         Unos días nos hablaba del cielo. Donde, si mirábamos, éramos incapaces de ver nada en concreto, nubes a lo sumo, Regino nos explicaba lo que se sabía entonces del universo, de las galaxias, del sistema solar y nos enseñó a distinguir con sus nombres, que he olvidado ya, cada uno de los tipos de nubes y la razón de su forma. Otras tardes, recitaba versos de memoria. Le preguntábamos si eran suyos, de lo hermosos que nos parecían, y se reía. Nunca supimos qué significaba esa sonrisa. El caso es que nombraba a los autores, y autoras también, de los poemas, después de decirnos su título, y como ninguno nos sonaba de nada, barruntábamos que lo hacía por no darse méritos, pero los había escrito él. Porque aquellos recitales que hacía de memoria, de repente, hablaban de la vida en el pueblo, describían sus campos, las veredas y desvelaban, o eso nos parecía, el pensamiento de los paisanos. Incluso los nuestros más secretos.

         Bastaba con verle aparecer por la plaza para que en el baldío se acabara el partidillo. Corríamos a sentarnos alrededor del banco donde se sentaba. Como si fuéramos su clase, pero no como nuestra clase, que no callábamos ni con la cabeza sumergida en un barreño, como solía decirnos el maestro, sino otra clase ideal, de niños ideales a los que les gustara aprender cosas. Que no éramos en absoluto nosotros, pero que nos transformábamos en ese milagro, como hubiera reconocido, si nos hubiera visto, el maestro de las mañanas. La clase de la plaza empezaba por nuestras preguntas. La primera, cada tarde, era: ¿está casado? ¿Tiene hijos? ¿Cómo se llama su madre? ¿A qué colegio ha ido? El Piernas hasta le preguntó cómo se ganaba la vida para vivir en una casa tan buena. Solo después de escucharnos, porque nuestra energía nos impedía callarnos después de formular la pregunta, y a continuación la respondíamos nosotros tras la coletilla de «pues a nosotros nos parece que» y ahí nos inventábamos su vida sin que nunca se enfadara con las tonterías que se nos llegaron a ocurrir. Una vez reídos, esto lo decía Regino, vamos a los asuntos interesantes, y nos preguntaba: ¿sabéis por qué existen mareas en los océanos? Silencio absoluto. Solo el Piernas respondía: «No, pero nos gustaría saberlo».

         Regino ha muerto. No recuerdo mayor bofetada de la vida que esa frase que se la oí de refilón a un mayor. El caso es que no apareció nunca más por la plaza. En el descampado regresaron los campeonatos del mundo de fútbol. De vez en cuando, cansados y aburridos de nosotros mismos, nos sentábamos en el suelo alrededor de su banco, ahora vacío, y tratábamos de recordar alguna de sus lecciones. Pero acabábamos peleándonos. Unos decían que había dicho tal cosa, y la otra mitad había oído lo contrario. Al poco nos hartábamos y cada uno se iba a su casa con su propio recuerdo de Regino, cada día más borroso y más distante.

Por mi parte he mantenido todos estos años devoción por aquellas charlas. Incluso un día, al poco de jubilarme, me vestí con traje y corbata y fui a sentarme en la plaza, frente al supermercado. Ahora hay columpios y una fuente y una estatua muy fea que prefiero no mirar demasiado. Tenía la esperanza de que algún grupo de muchachos, de los que fuman a escondidas tras los setos, se me acercara y pudiera contarles algo de lo que he aprendido en una vida de profesional de la fontanería. Sé cosas sobre la electricidad, por ejemplo, que estoy seguro que encandilarían a un grupo de chavales. Pero no se acercó nadie. Insistí otras tardes, vestido del mismo modo, hasta que un día tres mozalbetes se me quedaron mirando, con curiosidad. Les sonreí. Se acercaron. Les dije que me llamaba Regino, aunque no fuera ese mi nombre. Se echaron a reír. «Regino —me dijo uno entre risotadas—, danos un cigarrillo». Les informé de que no fumaba y que eso tampoco era conveniente que lo hicieran ellos a su edad. Ahí estallaron los tres en una sonora carcajada y se dieron media vuelta para irse, pero antes uno espetó: «Entonces no sirves para nada». Y ya desde lejos, apostillaron su huida con un término que me dejó perplejo. Me llamaron: «Pervertido». Entonces pensé que por fin comprendía el significado verdadero de la frase que oí de niño a alguien que susurraba que Regino había muerto.